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June 17, 2026

Sorpresas decoloniales impactantes. Parte II: Sobre el razonamiento ontológico de la modernidad occidental y el razonamiento relacional decolonial

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Esta segunda parte de Sorpresas impactantes decoloniales resultó ser bastante extensa. Las razones son dos: una es la adición de un comentario que apareció en FB, relacionado con los temas que discutí en el boletín anterior sobre este tema. La segunda es que aprovecho esta oportunidad para volver a afirmar lo que dije y que de algún modo fue distorsionado en la versión ofrecida por mis críticos. Repito: yo soy responsable de lo que digo, no de lo que mis críticos dicen que digo.

 

Recibí el mensaje que aparece abajo de un viejo amigo en Sudáfrica. El mensaje apareció en FB el 30 de mayo de 2026. Aquí está el párrafo. Su autor, Sindre Bangstad:

 

¨Una de las muchas paradojas que suscita la plena adhesión del teórico decolonial Walter Mignolo al imperialismo ruso en Ucrania desde 2022 es que, en una encarnación anterior, Mignolo estaba perfectamente dispuesto a reconocer la realidad del imperialismo ruso y soviético (aunque fuera, en sus términos, un «imperio de segunda clase»), sus paralelos con el imperialismo español y británico, y a considerar a Ucrania como un estado colonial dentro del imperio ruso. Concedamos que allí está el mismo despotricar contra «el mito del conocimiento científico», la problemática afirmación de que «Putin tuvo que reforzar el Estado» (frente al neoliberalismo occidental), y el argumento de que es necesario «reinscribir principios de conocimiento y comprensión que los defensores de la modernidad han eliminado como irracionales» (arriba y adelante, teóricos de la conspiración de izquierda y de derecha). Pero aun así, como nos recuerda la antigua coautora de Mignolo, Madina Tlostanova, que al parecer rompió con Mignolo por su apoyo a la guerra de Putin en Ucrania (véase su conmovedor ensayo en The Thinker, 2025), en 2006 había una doble crítica en la obra de Mignolo que para entonces ya ha desaparecido por completo.¨

 

Mis comentarios al párrafo se irán aclarando a medida que mi argumento se despliega. Par empezar lo que está en juego aquí no es un desacuerdo personal ni un mero choque de opiniones. Se trata, por un lado, no simplemente de lo que se dice (lo enunciado), sino del fundamento desde el cual se dice lo que se dice (la enunciación). Esto es, el asunto es sistémico. El locus de enunciación que construimos en el acto mismo de enunciar —narrar, argumentar, describir, acusar, etc.— está ligado a nuestras ubicaciones corporales, geopolíticas e históricas, y a aquello en lo cual creemos según nuestras ubicaciones, y que aparece como lo real, natural o evidente por sí mismo. En ese contexto, las paradojas se perciben (o alguien las percibe) cuando lo que se dice se desprende y contrasta con lo que se supone objetivo, real o natural. Volveré sobre esto más abajo, a medida que continúe exponiendo el marco conceptual de mi argumento: el razonamiento relacional y la opción decolonial.

 Cuando leí el párrafo, no conocía el nombre de quien lo había publicado. No estoy en ninguna de esas plataformas —Facebook, TikTok, Instagram o X—, de modo que busqué el nombre en Google y encontré que Sindre Bangstad es un antropólogo noruego. Lo primero que atrajo mi atención fue precisamente eso: su condición de ciudadano noruego y de antropólogo. En mi anterior «Sorpresas impactantes decoloniales», la figura principal había sido Harald Kümmerle, ciudadano alemán afiliado al German Institute for Japanese Studies, en Tokio. De ahí que mis críticos aparecieran encarnados en la historia septentrional europea y en las formaciones disciplinares estándar/modernas.

 

En el párrafo que cité, Bangstad apunta hacia lo que considera una de las muchas paradojas de mi trabajo. Aquí, la paradoja que identifica es no condenar la operación especial rusa en Ucrania. Algo semejante a lo que ocurre en el caso de Israel, pero al revés. En este caso, es explicar la situacion sin condenar a Hamas.

Como es sabido, desde febrero de 2022 buena parte de la Unión Europea —sus Estados, sus funcionarios y sus poblaciones— ha ingresado en una rusofobia cada vez más visible. No recuerdo nada semejante en Europa antes de esto, pero sí recuerdo la persistente rusofobia en Estados Unidos, primero en su empeño por desmantelar la Unión Soviética, cosa que logró. También podría recordarse la decepción del presidente Barack Obama por no haber conseguido alinear plenamente a Vladimir Putin con la disciplina del G8, hasta que los acontecimientos de 2014 en Ucrania dieron al G8 la ocasión de volver a ser el G7. Sin embargo, he dicho en varias partes que de la situacion en Ucrania es la responsabiliad, en distintas maneras, de la OTAN (EE.UU, UE), el gobierno de Ukrannia y la operación especial del Kremlin.

 

Para Occidente —Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea— 2014 fue el momento en que aquello que había permanecido a media luz se volvió innegable. Lo que bien pudo haber comenzado como la motivación honesta de muchos ucranianos para apartar a Viktor Yanukovych pronto fue interferido y redirigido hacia los diseños neoliberales de desmantelar la Federación Rusa. La estrategia resulta suficientemente conocida. Consiste en apropiarse de protestas populares y movilizaciones de masas cuando el gobierno en cuestión no se alinea con los intereses de Estados Unidos.

 

Pero ¿dónde está la paradoja? Vale la pena detenerse en la propia palabra paradoja. Proviene de las raíces griegas para, que significa más allá (para) de contrario a, y de doxa, de dokein, que significa pensamiento, apariencia u opinión. En su núcleo, paradoja quiere decir contrario a la expectativa o a la creencia: una idea que se opone al sentido común o a la sabiduría recibida, que a primera vista parece contradictoria, pero que puede revelar una lógica más profunda cuando se la examina con mayor cuidado.

 

Así pues, en ese sentido, si las paradojas van en contra del sentido común o de la sabiduría recibida, debo admitir que Bangstad tiene razón. En general, mi trabajo sí va a contrapelo de la expectativa y de la creencia. Sin embargo, me interesa más la segunda parte del significado de paradoja: aquello que a primera vista parece contradictorio puede revelar una lógica más profunda cuando se lo examina cuidadosamente. En ese sentido, Bangstad no captó el punto.

 

Lo interesante sería saber por qué Bangstad, así como Kümmerle, consideran mi negativa a condenar las acciones de Rusia en Ucrania como algo evidentemente erróneo, como si la opinión mayoritaria en Europa y la posición de los dirigentes de la Unión Europea debieran aceptarse internacionalmente. Europa ya no es aquello que Hegel imaginó que era: el presente del tiempo y el centro del espacio. En ese sentido, el pensamiento hegeliano fue inequívocamente eurocéntrico, y Bangstad y Kümmerle parecen, al menos aquí, seguir siendo leales a esa tradición.

 

II

No espero que una nota de Facebook ofrezca referencias bibliográficas. Con esa salvedad en mente, observemos más de cerca esta afirmación, en el párrafo citado:

 ¨Concedamos que allí está el mismo despotricar contra «el mito del conocimiento científico», la problemática afirmación de que «Putin tuvo que reforzar el Estado» (frente al neoliberalismo occidental), y el argumento de que es necesario «reinscribir principios de conocimiento y comprensión que los defensores de la modernidad han eliminado como irracionales» (arriba y adelante, teóricos de la conspiración de izquierda y de derecha).¨

 

Después de desechar mi crítica del «mito del conocimiento científico» como si fuera un mero exabrupto —a lo que volveré más abajo al comentar al neurofisiólogo chileno Humberto Maturana—, Bangstad pasa a dos afirmaciones de mayor alcance. El tono es revelador. Se lee como una defensa de la autoridad científica del razonamiento ontológico occidental (acerca de lo que hay). En cambio, el razonamiento relacional decolonial(acerca de aquello que creemos que hay) formula otras preguntas: qué está siendo erigido como verdad y en el mmismo gesto que se descalifica. Los propios procesos de razonamiento ontológico son aquellos por medio de los cuales la realidad y la objetividad son constituidas y naturalizadas por actores, instituciones y lenguajes que controlan la narrativa, y al mismo tiempo descalifican a quienes no concuerdan.

 

Aquí es donde el científico Humberto Maturana se vuelve especialmente útil para mí. Lo que valoro en su obra, entre otras intuiciones, es el recordatorio de que el razonamiento no comienza en un reino abstracto, como si la mente flotara por encima de la vida. Comienza en la vida misma: en la percepción, en la relación, en la conversación y en el sensorio a través del cual nos desplazamos por el mundo. Lo que llamamos razón nunca se desprende de ese suelo encarnado que nos arraiga. Desde el comienzo mismo, está moldeada por lo que podemos percibir, por las historias que heredamos y por las formas de vida dentro de las cuales aprendemos a ver, juzgar y dar sentido a las cosas. Maturana sostuvo, de manera muy persuasiva, que la realidad y la objetividad (el principio sagrado de la ciencia occidental) son argumentos para convencer. Es decir, son retóricas. Matura fue, de cabo a rabo, un científico y un pensador paradójico. Sus ideas iban contra la expectativa y la creencia recibida, y esa es una razón por la cual desde hace tiempo lo considero un modelo de pensamiento científico riguroso. Este es el tipo de ciencia que apoyo. No estoy me opongo a la ciencia occidental, sino las aberraciones imperiales epistémicas manifiéstas en el cientificismo. Como es el caso que estoy comentando.

 

Que no vemos lo que hay, sino que vemos lo que vemos, es el punto crucial que quiero subrayar: nuestro sensorio guía la razón. No llegamos primero a una lógica pura y universal para aplicarla solo después al mundo. Razonamos en y desde el modo históricamente formado de sentir en el que hemos llegado al mundo. Los cambios en nuestras vidas siempre estará arraigados y encarnados en nuestras primeras experiencias al llegar a este mundo, the habitar la ontología como realidad u, otra posibilidad, de habitar la frontera como realidad. Cuando esto último ocurre nuestros sensorios están preparados para ver relaciones en vez de entes.

Precisamente por eso, los argumentos que van en contra de la expectativa o de la creencia pueden parecer escandalosos al comienzo: no solo ponen en cuestión conclusiones; perturban los hábitos sensoriales y epistémicos a través de los cuales las conclusiones se vuelven creíbles en primer lugar. Maturana me importa exactamente por esa razón. Muestra cómo el pensamiento puede seguir siendo riguroso y, al mismo tiempo, reconocer que conocer es siempre básicamente sensorial, localizado y relacional. Eso es lo que entiendo por razonamiento relacional.

  

III

Con estas salvedades en mente, pasemos a la primera afirmación de Bangstad: que yo habría sostenido que Putin «tuvo que reforzar el Estado». Tal vez esa no sea mi formulación exacta, pero sí refleja en términos generales una posición que he adoptado, no solo con respecto a Rusia, sino también en relación con China, India, Irán y Turquía. El punto más amplio es simple: si uno no acepta los diseños globales del neoliberalismo occidental ni la supuesta inevitabilidad de una historia universal que culmina en el presente mundo unipolar, entonces alguna forma de consolidación estatal se vuelve necesaria para aquellas sociedades que no desean ser absorbidas o arrolladas por esos diseños. Ver aqui

 

Ese ha sido mi argumento desde 2000 y 2011. Lo que antes aparecía como polarización de la Guerra Fría ha dado paso a una lucha más amplia en torno a la desoccidentalización, impulsada de diferentes maneras por China, Rusia e Irán, con BRICS+ como uno de sus vehículos emergentes. El conflicto ya no se libra entre dos ideologías occidentales —el capitalismo liberal y el comunismo de Estado—, sino entre la continuidad del dominio de Occidente y los proyectos orientados a aflojar ese dominio. Kishore Mahbubani describió alguna vez la desoccidentalización como «el retorno de la historia». Sospecho que ese es precisamente el terreno ante el cual Bangstad reacciona. Perder privilegios nunca resulta cómodo.

  

Es en este contexto donde fortalecer el Estado no constituye un fin en sí mismo; es una manera de confrontar la subordinación a Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN. Por el contrario, el neoliberalismo promueve la disminucion del Estado. Pero no del nuestro. El razonamiento relacional decolonial prevalece sobre el razonamiento ontológico eurocéntrico. La desoccidentalización y el retorno de la historia, a su vez, provocó su propia respuesta: la reoccidentalización, y la defensa de los privilegios adquiridos tras 500 años de occidentalización del mundo. Esa dinámica se volvió particularmente visible durante los años de Obama y el tan discutido «giro hacia el Pacífico». La razón era bastante evidente: China ya no se hallaba en los márgenes, sino plenamente en el centro del panorama global.

  

La segunda afirmación tiene un tono claramente liberal —o quizá neoliberal—. Bangstad escribe que yo sostengo que uno debe «reinscribir principios de conocimiento y comprensión que han sido eliminados como irracionales por los defensores de la modernidad». Pero el imperativo «debe» es suyo, no mío. Yo nunca enmarcaría lo decolonial en esos términos, y precisamente por eso introduje la idea de la opción decolonial. Lo decolonial es una opción, no una misión. Bangstad, en cambio, parece escribir para impulsar una misión: defender los valores de la civilización occidental como si esta fuera la universal, en lugar de ser, después de todo, una civilización entre muchas (las negritas son mías). Las acusaciones se vuelven prácticas cuando se agotan los argumentos o, sencillamente, cuando no se tiene ninguno.

  

IV

Volvamos ahora a «la vida póstuma de Carl Schmitt», de Harald Kümmerle, a la que me referí hace un par de semanas. Cuando informó a sus estudiantes, que discutían parte de mi trabajo, que yo estaba apoyando (palabra suya, no mía) la invasión de Putin a Ucrania, los estudiantes se sorprendieron, cuando no quedaron conmocionados. Para muchos pensadores liberales, especialmente en las ciencias sociales y las humanidades (sobre todo en Europa), nombres como Carl Schmitt y Vladimir Putin desencadenan de inmediato una reacción de ansiedad. Lo que parece inquietar tanto a Kümmerle como a Bangstad no son simplemente los nombres en sí, sino la posibilidad de formas de pensamiento que desobedecen los supuestos liberales y van contra creencias profundamente arraigadas. De ahí, ¡las paradojas!

 

Mi lectura de Schmitt y de Putin es distinta y no está marcada por la ansiedad. Yo no soy europeo, ni mi formación intelectual está anclada en Noruega o en Alemania. Comienza en la Argentina y en la Sudamérica de las décadas de 1940 y 1950, antes incluso de que yo ingresara en la esfera disciplinaria. Desde esa localización geopolítica, me acerco a Schmitt y a Putin a través de otro conjunto de lentes: la teoría de la dependencia, la teología de la liberación, la filosofía de la liberación y, sobre todo, la colonialidad del poder. Podría añadirse incluso un quinto horizonte: el Caribbean New World Group, que exploró la dependencia a través de la economía de plantación y de los fundamentos raciales de la esclavitud. Una vez que se ignora ese anclaje, y Noruega o Alemania son tratadas como el punto natural de referencia, la conversación cede rápidamente su lugar al malentendido, y la acusación aparece como una forma de autodefensa.

 

Es hora de invitar a la conversación la colonialidad del poder de Aníbal Quijano, pues ayuda a explicar por qué las reflexiones de Carl Schmitt sobre el nomos de la tierra me resultaron útiles para pensar la operación militar rusa en Ucrania. El punto no consiste en adoptar a Schmitt en bloque, sino en captar la lógica espacial del orden mundial que su lenguaje permite poner de relieve. La narración de Schmitt gira en torno a dos grandes articulaciones. El primer nomos, según Schmitt, pertenece al mundo anterior a 1500, antes de que la expansión global de Europa reorganizara el planeta al erigirse en centro del espacio y en presente de un tiempo histórico universal y singular. El segundo comienza con esa expansión y con el surgimiento de un orden internacional eurocéntrico estructurado mediante la conquista, la partición y el control imperial. Quijano diría que la consolidación de la voluntad colonial de poder —encarnada en actores, lenguas vernáculas imperiales modernas europeas e instituciones— requirió un instrumento: la matriz colonial del poder. Su función consistía en asegurar las promesas de un orden global inicialmente fundado en la conversión al cristianismo, lógica que más tarde fue modulada y secularizada, de tal modo que la conversión pasó a significar progreso, civilización, modernización, desarrollo y democracia de mercado.

 

En el relato de Schmitt, ese orden comenzó a desmoronarse con la Primera Guerra Mundial y entró en una crisis más profunda a lo largo del siglo XX. Mirando hacia adelante, imaginó varios futuros posibles: uno en el que una sola potencia dominaría el globo; otro en el que viejos y nuevos imperios occidentales administrarían entre sí la transición; y un tercero, más pertinente aquí, en el que el mundo sería reorganizado en Grossraum, es decir, grandes espacios regionales o zonas de poder, cada uno modelado por su propio centro político y relativamente protegido de las interferencias externas.

 

Se esté o no de acuerdo con Schmitt, su lenguaje sigue siendo útil para pensar un mundo que ya no se organiza en torno a un único centro incuestionado. En mis términos, los dos primeros escenarios apuntan hacia la reoccidentalización: el esfuerzo por preservar un orden unipolar bajo dirección occidental. El tercero apunta hacia lo que ahora se llama con mayor frecuencia multipolaridad: un mundo de formaciones regionales en competencia, en lugar de un solo centro universal.

 

Ya no recuerdo si la desoccidentalización entró en mi argumento porque yo ya había leído el Nomos de la Tierra de Schmitt, o si Schmitt se volvió significativo para mí porque yo ya estaba rastreando la emergencia de la desoccidentalización. En cualquier caso, ambas líneas de reflexión convergieron. Mi comprensión de la operación rusa en Ucrania tomó forma en el marco de una meditación más amplia sobre la historia, la transformación y la disputa actual por la gestión de la matriz colonial del poder. Ucrania se encuentra en el corazón de esa disputa. Uno puede optar por apoyar a uno u otro contendiente; eso no me concierne. Mi propósito es comprender el diferencial de poder que condujo a Occidente —Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea— a impulsar sus diseños globales neoliberales, y aquello que llevó a Rusia a moverse para frenar esos diseños homogeneizantes.

 

V

Lo que Quijano llamó la patrón colonial del poder no es ni una sola institución ni un episodio histórico pasajero. Es una estructura duradera de dominación que organizó el mundo moderno y continúa modelándolo. Su fuerza reside en la articulación de varios dominios: el control de la economía, de la autoridad, del género y la sexualidad, y del conocimiento y la subjetividad. El colonialismo no se limitó a explotar trabajo y tierra. También jerarquizó pueblos, reguló cuerpos, disciplinó instituciones y determinó qué formas de conocer contarían como racionales, objetivas y universales. Por eso el patrón colonial (proyectivo) en forma conjunta con el patrón imperial (dos caras de la misma moneda) es a la vez estructural y relacional: organiza el poder materialmente y, al mismo tiempo, modela la manera en que la propia realidad es percibida y nombrada.

 

Históricamente, el patrón tomó forma con la conquista europea de las Américas y con la expansión global que le siguió. Desde el siglo XVI en adelante, Europa no se limitó a añadir nuevos territorios a un mundo ya existente; reorganizó el mundo a través de la conquista, la extracción, la clasificación racial y el mando imperial. Modernidad y colonialidad nacieron juntas. Lo que en Europa aparecía como progreso, racionalidad y civilización era inseparable, en otros lugares, de la expropiación, la esclavización, el despojo y la producción de jerarquías globales. Por esa razón, el patrón colonial de poder no es un residuo del pasado. Es la arquitectura histórica que hizo posible el mundo moderno, y sus pervivencias siguen muy presentes entre nosotros.

 

Aquí es donde mi propio trabajo, siguiendo a Quijano, pone un énfasis particular en el conocimiento. El control del conocimiento nunca versa solo sobre ideas; versa también sobre la gestión de la subjetividad y de las relaciones intersubjetivas.Y, en consecuencia, en las deciciones políticas y económicas de la clase dirigente (partidos políticos, institutiones económicas domésticas e internacionales) Decide quién está autorizado a describir el mundo, qué categorías se convierten en sentido común y qué formas de vida son descartadas como atrasadas, irracionales o irrelevantes. Por eso la decolonialidad no puede reducirse únicamente a la protesta política. También exige un desprendimiento de los hábitos epistémicos que hicieron aparecer la matriz colonial como algo natural en primer lugar, y la reapertura del espacio para otras historias, otros sensorios y otras maneras de razonar.

 

Todo esto nos conduce al delicado problema de la revolución digital y del control del conocimiento por la IA, así como a la mecanización de la comprensión.

 

Tradicionalmente, el conocimiento ha remitido a la acumulación de hechos y destrezas, mientras que la comprensión ha significado la capacidad de aprehender sentido, relación y contexto. La revolución digital ha vuelto la información ampliamente accesible y, al hacerlo, ha permitido que el conocimiento sea procesado cada vez más por sistemas digitales. La IA simula ahora ciertos aspectos de la comprensión humana al identificar patrones en los datos y generar inferencias. Sin embargo, persiste una divergencia importante en la manera en que se abordan el conocimiento y la comprensión. La IA puede procesar, recuperar y recombinar información con una velocidad extraordinaria, pero su «comprensión» permanece en gran medida en el nivel del reconocimiento de patrones y de la correlación estadística, sin la profundidad matizada, contextual e interpretativa que caracteriza la comprensión humana.

 

El control técnico de la IA nombra la capacidad de guiar y gobernar estos sistemas de modo que sus operaciones sigan siendo responsables ante propósitos, valores y juicios humanos. Esa cuestión se vuelve más urgente a medida que la IA amplía su alcance, porque expone con cada vez mayor claridad la brecha entre el procesamiento maquínico del conocimiento y la comprensión genuinamente humana. También plantea preguntas más amplias sobre la manera en que tales sistemas habrán de entretejerse con la toma de decisiones, la vida cultural y la propia organización del conocimiento. Aunque este es un tema para otro boletín, debe mantenerse en el horizonte si queremos entender las nuevas complejidades que asume la diferencia imperial en la confrontación entre el movimiento de la desoccidentalización hacia la multipolaridad y la contrarreforma de la reoccidentalización, que busca preservar los privilegios de la unipolaridad.

 

Para ver por qué esto importa hoy, es preciso introducir también la diferencia imperial: la distinción entre imperios que fijan las reglas del juego e imperios que ascienden dentro de un mundo ya estructurado por esas reglas. En mi vocabulario, España y Gran Bretaña pertenecieron al primer momento del patrón colonial, mientras que Rusia ocupó una posición más ambivalente como formación imperial que nunca fue simplemente externa a Europa, pero tampoco plenamente idéntica a sus poderes atlánticos dominantes. Esa distinción importa porque la disputa actual entre desoccidentalización y reoccidentalización no se desarrolla sobre un escenario vacío. Tiene lugar dentro de la larga pervivencia de la matriz colonial del poder, donde viejos centros imperiales buscan preservar la autoridad global, mientras otros proyectos estatales intentan aflojar el control occidental sin por ello escapar necesariamente de lógicas imperiales.

 

La diferencia imperial nos ayuda a ver por qué estas luchas no pueden reducirse a una simple oposición entre imperio y antiimperio. Son conflictos en de un orden mundial ya colonial acerca de quién tiene derecho a mandarlo, reconfigurarlo o desprenderse de él.

Desde esa perspectiva, Ucrania aparece no solo como una nación bajo un asalto militar devastador, sino también como el terreno en el que se libra una lucha imperial más amplia, de la cual es participé activa en la contienda. Es uno de los lugares donde la reoccidentalización y la desoccidentalización se encuentran con fuerza excepcional.

 

Para Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, la guerra está ligada a la preservación de la arquitectura política y de seguridad a través de la cual la autoridad occidental se ha extendido desde el fin de la Guerra Fría. Para Rusia, cualquiera sea el juicio que se emita sobre sus acciones, el conflicto ha sido presentado como parte de un impulso más amplio enfrentando y desprendiéndose de esa arquitectura ante la continua expansión de un orden occidental que se presenta a sí mismo como universal. En ese sentido, Ucrania no es solo el lugar de una guerra entre Estados. Es también uno de los teatros más nítidos en los que se está ocurriendo con el orden mundial vigente por 500 años.

 

Decir esto no borra la propia agencia de Ucrania, ni reduce la complejidad de su historia a un guion geopolítico ajeno. Significa, más bien, que Ucrania ha sido arrastrada, y dejó que la arrastraran) a una confrontacion cuyos alcances exceden sus fronteras. Esa es la tragedia: un país con sus propias fracturas, aspiraciones y memorias históricas se ha convertido en el lugar donde proyectos imperiales en competencia ponen a prueba su fuerza y su legitimidad. Sin embargo, el gobierno ucraniano no debería ser considerado simplemente una víctima, aaunque sí lo es la población, pero no el gobierno y las institucines circunandantes. El gobierno de Ukrania es un actor activo que ha asumido una posición en el meollo de esta confrontación imperial. Por eso leo la guerra no solo a través del lenguaje de la soberanía o de la autodeterminación nacional, por necesarios que sigan siendo esos términos, sino también a través de la disputa por el control del patrón colonial de poder. La pregunta no es solo quién invade a quién, sino qué configuración más amplia de poder global hace posible este campo de batalla, y por qué tantas partes del mundo ven en Ucrania un episodio decisivo del conflicto entre un orden que lucha por preservar su centralidad y fuerzas que buscan desplazarlo.

 

Aquí es también donde el lenguaje de Grossraum en Schmitt se vuelve nuevamente legible. Si el mundo se aleja de un único centro incuestionado y se desplaza hacia un conflicto entre grandes espacios regionales de poder, entonces Ucrania marca uno del los nudos de esa transición. Y si se lee esa transición a través de la diferencia imperial, el cuadro se vuelve aún más nítido: lo que está en juego no es simplemente un choque abstracto entre imperios, sino una lucha entre antiguas potencias atlánticas que buscan preservar las reglas del orden existente y potencias rivales que intentan renegociarlas o escapar de ellas. Ucrania, en ese sentido, no es solamente un campo de batalla. Es un lugar revelador donde las fracturas de la matriz colonial del poder se vuelven históricamente visibles.

 

VI.

Permítanme ahora volver a las observaciones de Bangstad sobre lo que él considera mis afirmaciones paradójicas acerca de Vladimir Putin. Para hacerlo, quiero introducir a un destacado pensador estadounidense cuyos argumentos son paradójicos precisamente porque también van en contra de la creencia común: John Mearsheimer, profesor distinguido de la Universidad de Chicago. Tres aspectos de su posición importan aquí: cómo explica las causas profundas de la operación militar especial de Rusia, cómo entiende la racionalidad que subyace a la invasión y cómo lee el estado actual de la guerra y sus desenlaces posibles. Lo que me interesa, sobre todo, es que su análisis es paradójico en el sentido preciso que vengo subrayando: es un son razonamientos relaciones que contradicen las expectativas dominantes, perturba la comodidad moral y obliga a adoptar otra visión de la razón geopolítica.

  

La afirmación central de Mearsheimer es tan tajante como poco elegante para el gusto dominante: la guerra en Ucrania no debería leerse principalmente como un estallido irracional ni como un simple proyecto de nostalgia imperial, sino como el resultado de la propia política occidental, sobre todo de la larga campaña de Estados Unidos y sus aliados para incorporar a Ucrania a la OTAN y a la Unión Europea. Desde su perspectiva realista y relacional, Moscú interpretó esa trayectoria como una amenaza existencial. Por esa razón, lee las acciones de Rusia como estratégicas y defensivas desde dentro de su propia lógica de seguridad, y no como prueba de un deseo incontrolable de resucitar el imperio soviético. Precisamente por eso su posición aparece como escandalosa para muchos lectores: les pide suspender el reflejo moral durante el tiempo suficiente como para enfrentar la estructura geopolítica del conflicto.

 

El eje de su argumento se encuentra en la insistencia en que la ampliación de la OTAN cruzó una línea que Rusia venía señalando desde hacía años, especialmente después de la cumbre de Bucarest de 2008. En esta lectura, los acontecimientos de 2014 no hicieron sino endurecer esa percepción. Crimea, y más tarde la invasión de 2022, fueron presentadas en Moscú no como actos azarosos de expansión, sino como movimientos preventivos para bloquear la transformación de Ucrania en un puesto militar avanzado de Occidente sobre la frontera rusa.

 

No hace falta suscribir ese razonamiento para comprender el punto: las grandes potencias actúan de acuerdo con cálculos estratégicos, y Rusia creyó haber sido empujada a una situación en la que la neutralidad ucraniana ya no estaba siendo protegida seriamente.

Lleva ese argumento hasta el presente al describir la guerra como una guerra de desgaste, en la que Rusia, a su juicio, tiene ahora la ventaja en personal, artillería y profundidad estratégica. Sostiene también que la política occidental ha fracasado según sus propios términos: las sanciones no quebraron la economía rusa, la ayuda militar no produjo una reversión decisiva y la distancia diplomática entre Moscú y Kyiv sigue siendo demasiado grande como para prever pronto un arreglo estable. El resultado más plausible, en su opinión, no es una paz nítida, sino un conflicto largo, amargo y posiblemente congelado.

 

Un último elemento del argumento de Mearsheimer concierne a la escalada. Advierte repetidamente que la continua implicación occidental —sobre todo si permite ataques más profundos en territorio ruso o difumina aún más la frontera entre apoyo y confrontación directa— podría ensanchar la guerra hasta convertirla en algo mucho más peligroso. Se esté o no de acuerdo con él, esa es la fuerza de su intervención. Va contra el consenso moral dominante y obliga a los lectores a enfrentarse con una lógica geopolítica que las narrativas liberales con frecuencia prefieren no ver. En ese sentido, su argumento es paradójico en el sentido más fuerte de la palabra: va contra la expectativa y la creencia, no para provocar por sí mismo, sino para exponer la estructura de razón oculta bajo la opinión aceptada.

 

VII

Una breve nota sobre el chisme. Bangstad escribe: «Pero aun así, como nos recuerda la antigua coautora de Mignolo, Madina Tlostanova, que al parecer rompió con Mignolo por su apoyo a la guerra de Putin en Ucrania (véase su conmovedor ensayo en The Thinker, 2025), en 2006 había una doble crítica en la obra de Mignolo que para entonces ya ha desaparecido por completo».

 

No sé si «ruptura» sea la palabra correcta. Desde febrero de 2022, Madina y yo hemos sostenido incontables conversaciones por Zoom y, aunque nuestras perspectivas sobre Ucrania han diferido con claridad, el desacuerdo no equivale necesariamente a una ruptura.

Las preguntas de la «w» son esenciales: quién dice qué, dónde, cuándo, por qué, con qué propósito. La razón de nuestras diferentes lecturas de Ucrania reside en gran medida en esos anclajes distintos. Madina escribe desde una formación marcada por la ciudadanía rusa y sueca, por una ascendencia circasiana y por un trasfondo familiar musulmán. Yo escribo desde otra localización por completo: como ciudadano argentino y estadounidense, de ascendencia italiana, formado en el seno de una familia católica y dentro de un horizonte sudamericano de pensamiento. Estas diferencias no lo explican todo, pero importan. Configuran lo que cada uno de nosotros ve —no vemos simplemente lo que hay; vemos lo que somos capaces de ver—, lo que cada uno enfatiza y la manera en que cada cual entra en la cuestión de Ucrania. Por eso, cuando me desempeñé como coeditor de The Thinker en 2025, al invitarle a participar en el volumen, era plenamente consciente de su posición sobre la invasión rusa —o, si se prefiere, sobre la operación militar especial—. Cualquiera sea el punto de partida elegido para el argumento, nuestra divergencia nunca estuvo oculta. Por otra parte la invitación significa mi reconocomiento por su pensamiento y trabajo.

 

Pero en lugar de convertir esto en un asunto personal, como ya he dicho, me interesa aclarar por qué Bangstad ve paradojas allí donde yo veo coherencia en el despliegue del marco conceptual decolonial. Mi comprensión de la doble crítica no es necesariamente la suya. Repito: yo soy responsable de lo que digo, no de lo que mis críticos dicen que digo. Bastarán dos puntos. Cuando el presidente George W. Bush declaró por televisión, en relación con la invasión de Iraq, «están conmigo o con mi enemigo», varios de nosotros, trabajando desde una perspectiva decolonial, respondimos: «Ni contigo ni con tu enemigo, George. Mejor preguntarse por qué Saddam Hussein es tu enemigo, o cómo lo convertiste en uno». Las raíces de esa enemistad no son personales, como si pudieran resolverse mediante el psicoanálisis. Son sistémicas: la dominación genera conflicto, aunque las respuestas a ese conflicto varían. Basta pensar en el esfuerzo conjunto de Israel y Estados Unidos por contener, cuando no eliminar, a Irán, precisamente porque el gobierno iraní no acepta las exigencias dominantes impuestas por ese eje.

 La doble crítica no se limita a nuestra mirada sobre lo dicho, sobre lo enunciado. Concentrarse únicamente en lo enunciado e ignorar el decir, el nivel de la enunciación, es leer mal el problema desde el comienzo. Cuando asumí la idea de doble crítica de Abdelkebir Khatibi —su crítica tanto del fundamentalismo musulmán como del fundamentalismo occidental—, no pasé por alto el diferencial de poder. El fundamentalismo occidental ha ocupado el asiento conductor, por razones históricas, de una manera en que el fundamentalismo musulmán no lo ha hecho. De otro modo, no estaríamos asistiendo al genocidio de Israel y a la guerra declarada por el eje EE. UU.–Israel, o quizá Israel–EE. UU., contra Irán.

 

Visto desde ese ángulo, sospecho que Bangstad espera que la doble crítica funcione como una denuncia ecuánime de dos imperialismos a la vez, desatendiendo el diferencial imperial de poder: por un lado, lo que yo describiría como la agresión disfrazada de Occidente —sobre todo de Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN— y, por otro, la respuesta militar abierta de Rusia a esa presión geopolítica de larga data tras el colapso de la Unión Soviética. Pero no es exactamente así como entiendo la doble crítica en este caso. Para mí, el problema se sitúa menos en el nivel de lo que se dice que en el nivel de la enunciación: la crítica de las narrativas occidentales de liberación, democracia y libertad cuando esas narrativas encubren la colonialidad de un proyecto más amplio orientado a contener, debilitar o desmantelar la Federación Rusa. Desde la perspectiva de la matriz colonial del poder, la dominación no puede permanecer pacífica.

 

Por el contrario, genera conflicto precisamente cuando su voluntad colonial de poder deja de ser aceptada como natural. Esa es una de las paradojas políticas liberales y neoliberales reproducidas en la producción académica occidental. En ese sentido, la doble crítica regresa como un boomerang. Devuelve la pregunta a las narrativas occidentales que se presentan como emancipatorias mientras oscurecen sus propios diseños imperiales y acusan a Rusia de buscar una restauración imperial. No me convence que esta última sea la mejor manera de comprender a la Rusia de Putin, aunque esa discusión nos llevaría demasiado lejos aquí.

Pero incluso si uno aceptara, a efectos del argumento, que Rusia está animada por una ambición imperial, seguiría en pie una pregunta previa: ¿por qué tal ambición es tratada como singularmente intolerable, mientras que los esfuerzos occidentales por contener a Rusia y a China, y por mantener los privilegios de quinientos años de occidentalización, son tan a menudo presentados como naturales, necesarios o incluso virtuosos? Esa asimetría, me parece, forma parte del problema mismo que la doble crítica pretende exponer. Es una expresión del diferencial de poder inscrito en la diferencia imperial.

 

VIII

Este (largo) boletín ha girado en torno a dos cuestiones entrelazadas: primero, la relación entre lo decolonial y Carl Schmitt; y segundo, la relación entre lo decolonial y la llamada operación militar especial de Rusia, o invasión, en Ucrania. Lo que une estas cuestiones no es un gusto por la provocación, sino una preocupación por cómo se lee la realidad geopolítica, desde dónde se la lee y bajo qué supuestos históricos se vuelve inteligible.

 

Esta continuación de Sorpresas impactantes decoloniales regresa, de manera más explícita, a la tensión nombrada en el título: entre el razonamiento ontológico de la modernidad occidental y el razonamiento relacional de la opción decolonial. A través de Schmitt, el patrón colonial de poder, la diferencia imperial, Ucrania y la política del cuerpo del conocer y del comprender, he intentado mostrar que las divergencias aquí en juego no son ni personales ni accidentales. Remiten, más bien, a un conflicto sistémico más amplio sobre quién tiene el derecho de nombrar el mundo, qué categorías llegan a parecer universales y por qué aquello que se registra como paradoja en un locus de enunciación aparece como coherencia en otro. En ese sentido preciso, el asunto nunca ha sido personal. Es sistémicamente geopolítico y cuerpo-político: una cuestión de quién habla, desde dónde, y desde dentro de qué historia ciertas verdades adquieren la autoridad del sentido común, mientras otras formas de ver quedan descalificadas como paradójicas.

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