Un cambio de época, y no ya una época de cambios, no se reconoce solo por la aparición de nuevos acontecimientos, sino por la dificultad creciente de comprenderlos con las categorías de la época anterior. Escuché y leí por primera vez esa expresión en el año 2000, a través de José de Souza Silva [1], intelectual y activista brasileño. El concepto nombraba algo más que una transformación histórica: señalaba el cierre y desplazamiento de una era de cambio iniciada quinientos años antes, con la conquista y colonización del Nuevo Mundo.
Volví a encontrar esa intuición en 2015, en las intervenciones del Papa Francisco [2]. Lo que me interesa aquí no es simplemente constatar que una época termina y otra comienza, sino precisar qué forma de pensamiento emerge en ese tránsito: el desplazamiento de un razonamiento ontológico, centrado en entes separados, hacia un razonamiento relacional, atento a las tramas que producen sentido, poder y realidad política.
Para desplegar ese argumento, propongo tres movimientos. Primero, ubicar el cambio de época como crisis de las categorías modernas que organizaron el mundo durante quinientos años. Segundo, mostrar cómo esa crisis aparece en la disputa contemporánea por el sentido, donde los hechos adquieren eficacia política mediante narraciones, clasificaciones y autoridades. Tercero, leer Ucrania, Ormuz e Irán como escenas en las que se enfrentan dos modos de pensar: uno ontológico, que aísla entidades y naturaliza amenazas, y otro relacional, que reconstruye tramas históricas, geopolíticas, económicas, coloniales y narrativas.
Antonio Gramsci lo presentía en su tiempo, y la frase reapareció con fuerza en estos últimos años: “El viejo mundo está muriendo, mientras que el nuevo lucha por nacer: ahora es el tiempo de los monstruos” [3]. Me interesa recuperarla no como cita ornamental, sino como síntoma de un problema mayor: cuando una época se descompone, también se descomponen las categorías con las que intentamos comprenderla. Para Gramsci, esa encrucijada se materializaba en el advenimiento del socialismo; el mundo que estaba muriendo era el del liberalismo y el de las aberraciones del conservadurismo, el fascismo y el nazismo.
Su pensamiento estaba enmarcado —difícilmente podría haber sido de otra manera— en las tres ideologías básicas de la modernidad occidental consolidadas hacia mediados del siglo XIX: liberalismo, conservadurismo y socialismo. Carl Schmitt intuía también una crisis de época, aunque desde otro horizonte conceptual. Para él, el segundo Nomos de la tierra [4] había surgido hacia 1500, con la conquista y colonización de América, y su desintegración se hizo patente en la Primera Guerra Mundial.
En ambos casos, lo decisivo no es solo que un orden histórico se derrumbe, sino que las categorías heredadas comiencen a mostrar sus límites. Mientras que para Gramsci el mundo por nacer era el socialismo, para Schmitt no estaba claro, al menos hasta la década de 1960, cuál sería la nueva época. Sí veía que el segundo Nomos se había desintegrado, pero no qué orden vendría después. Imaginó tres posibilidades: el triunfo de uno de los Estados contendientes —Estados Unidos o Rusia, liberalismo capitalista o comunismo estatista—; una alianza entre el imperialismo inglés en declive y el imperio estadounidense en ascenso; o la formación de grandes bloques regionales, Grossräume [5], capaces de sostener tensiones y negociaciones en un equilibrio compartido.
Esta tercera posibilidad se aproxima a lo que hoy se llama multipolaridad. Su importancia para este ensayo reside, sin embargo, en otro punto: desplaza la mirada desde Estados aislados hacia configuraciones de relación, es decir, hacia bloques, equilibrios, zonas de influencia, alianzas y tensiones.
Inspirado por esas intuiciones, publiqué en 2023 una nota de opinión en el Center for Postcolonial Studies de la Universidad de Londres, en Goldsmith. Allí argumenté que la operación especial rusa en Ucrania, iniciada en febrero de 2022, era un momento decisivo en la emergencia del cambio de época. Antecedido por el ascenso de China, la alianza sino-rusa y la expansión de los BRICS+, el mundo por nacer comenzaba a adquirir forma. La nota no fue bien recibida en Europa por quienes interpretaban la guerra como una invasión no provocada, atribuida al deseo personal de Vladimir Putin o a sus supuestos sueños imperiales. Varias críticas tradujeron mi argumento como una toma de posición en favor de Rusia.
Esa reacción resultó reveladora: en lugar de leer el razonamiento relacional que proponía —la reconstrucción de tramas históricas, geopolíticas, económicas y narrativas—, varias críticas interpretaron mi argumento desde el mismo marco ontológico que el texto intentaba cuestionar, es decir, como una adhesión a uno de los actores enfrentados. Ucrania se convirtió así en algo más que un ejemplo geopolítico: mostró hasta qué punto una mirada ontológica explica un conflicto por la voluntad de un líder o por la identidad de un Estado, mientras una mirada relacional pregunta por las condiciones que hacen posible que esas entidades aparezcan como lo que son.
Allí advertí quizá el aspecto fundamental del cambio de época: no solo el auge económico, político y militar de Estados declarados por Estados Unidos como amenazas a su seguridad nacional, sino también la emergencia de un razonamiento relacional que disputa el predominio del razonamiento ontológico.
La diferencia entre ambos modos de razonar no consiste en elegir entre entes o relaciones, como si unos fueran reales y las otras meras abstracciones. Consiste, más bien, en decidir qué se toma como punto de partida para explicar lo real. El razonamiento ontológico comienza por entidades ya dadas —Estados, líderes, enemigos, amenazas— y luego interpreta sus vínculos como choques entre unidades separadas. Por eso tiende a organizar el conflicto como una oposición binaria y, con frecuencia, como un juego de suma cero: si uno gana, el otro necesariamente pierde. El razonamiento relacional invierte ese punto de partida: no niega la existencia de los actores, pero los entiende como efectos de tramas históricas, geopolíticas, económicas, coloniales y narrativas.
Desde allí, las oposiciones dejan de aparecer como esencias incompatibles y pueden leerse como relaciones tensas, desiguales e interdependientes. En ese sentido, la lógica relacional se acerca más a figuras de complementariedad no binaria, como el yin-yang, donde los términos se implican mutuamente, o a la lógica del win-win, que no supone armonía automática, pero sí desplaza la pregunta desde la derrota del otro hacia la recomposición de las condiciones de relación. El todo no está compuesto por entes separados y autónomos, sino por relaciones que hacen posible que esos entes lleguen a ser lo que las disputas interpretativas dicen que son.
Los avatares del cambio de época aparecen con especial claridad en la disputa por el sentido. En tiempos de guerra, seguridad nacional y comunicación instantánea, orientar la narración se vuelve decisivo: quien impone una versión dominante puede inventar enemigos, justificar violencias y ampliar el poder de los Estados como si todo fuera inevitable. El razonamiento moderno suele presentar esos enemigos como si existieran por sí mismos, separados de la trama que los fabrica. Una mirada relacional obliga a preguntar: ¿quién los nombra?, ¿desde dónde?, ¿con qué intereses?, ¿para qué fines? Allí —en la forma en que se nombran enemigos, se justifican violencias y se ordena lo visible— el cambio de época se vuelve más perceptible.
Desde allí, el avatar que me interesa no aparece como un contenido nuevo añadido a la geopolítica, sino como una modificación en la forma misma de pensar lo que sucede. La matriz heredada de la modernidad sigue fijando identidades, separando sujetos y objetos, ordenando jerarquías y buscando un centro desde el cual interpretar la historia. Frente a esa matriz, las perspectivas decoloniales y relacionales desplazan el foco hacia los vínculos que producen, sostienen y vuelven inteligibles la guerra, la soberanía, la seguridad, el enemigo, la información y el orden mundial. Lo decisivo, entonces, es que la disputa por el sentido no ocurre después de los hechos, como una capa discursiva secundaria, sino dentro de las condiciones que los vuelven interpretables.
Las figuras que parecen bastarse a sí mismas —el Estado, el líder, el enemigo, la amenaza, el mercado— se estabilizan mediante relatos, intereses e instituciones capaces de imponer una versión de lo real sobre otras. Por eso la pregunta relacional no sustituye los hechos por narraciones; muestra cómo los hechos adquieren dirección política dentro de tramas de poder.
Si el pensamiento relacional pregunta por las tramas que producen objetos, sujetos y conflictos, debe atender también a su desigualdad interna. Las relaciones internacionales no ocurren entre unidades equivalentes en un espacio neutral: están atravesadas por capacidades militares, control financiero, acceso tecnológico, autoridad narrativa, memoria imperial, posición en los mercados y posibilidad de imponer reglas. Pensar relacionalmente no consiste, entonces, en describir vínculos como si fueran simétricos, sino en mostrar cómo ciertas relaciones permiten que algunos Estados nombren amenazas, definan legalidades, impongan sanciones, movilicen alianzas y conviertan sus intereses particulares en criterios universales de orden.
Ese diferencial de poder adquiere mayor espesor si lo leemos desde la conceptualización de Aníbal Quijano [6] sobre la colonialidad del poder. La modernidad occidental no organizó solamente un sistema de Estados, mercados y saberes; organizó también una clasificación jerárquica de poblaciones, economías y formas legítimas de conocimiento. La colonialidad nombra esa persistencia de jerarquías coloniales más allá del fin formal del colonialismo, incluida la producción de verdad: quién puede nombrar la realidad, qué conocimiento cuenta como racional, qué voces son autorizadas y cuáles son descalificadas como propaganda, atraso, fanatismo o amenaza. Desde esta perspectiva, la relación interestatal moderna no puede entenderse solo como interacción entre soberanías formalmente iguales, sino como una trama histórica marcada por una distribución desigual de autoridad, recursos, prestigio epistemológico y capacidad para definir lo real.
El estrecho de Ormuz [7] ofrece una segunda escena de esa disputa: desplaza el argumento desde el conflicto armado hacia la materialidad estratégica de las infraestructuras globales. Allí los avatares del cambio de época se condensan en un hecho a la vez material y narrativo. Los argumentos no vienen después de los acontecimientos; forman parte de las tramas que los hacen inteligibles y políticamente eficaces. El estrecho no es solo un paso marítimo estratégico ni una posible amenaza al comercio energético mundial; cobra sentido según los relatos que lo interpretan: para Irán, para Israel y Estados Unidos, para los mercados globales y para quienes leen sus consecuencias desde Wall Street. Allí donde una mirada ontológica ve entidades enfrentadas —amigos, enemigos, amenazas—, una perspectiva relacional muestra vínculos, intereses, dependencias y diferenciales de poder.
Ese ejemplo permite volver al problema de la relación entre palabras y cosas: el problema de la denotación que atraviesa la concepción occidental del lenguaje desde Platón, se actualiza en el Renacimiento y se confirma durante la Ilustración. De esa premisa derivan tres conceptos fundamentales: realidad, representación y objetividad. Conocer significó, entonces, identificar objetos, clasificarlos y representarlos como si su significado residiera en ellos mismos.
El razonamiento relacional interrumpe esa premisa: ningún objeto existe al margen de las relaciones que lo hacen inteligible, ningún Estado se comprende fuera de sus vínculos con otros Estados y ningún orden mundial puede reducirse a soberanías separadas. El orden mundial es una trama de Estados, mercados, infraestructuras, tecnologías, memorias históricas y relatos. Por eso, la expresión relaciones internacionales no es un detalle terminológico, sino una clave para repensar la geopolítica.
Desde esa perspectiva, Irán introduce una tercera escena: ya no solo la lectura relacional de un conflicto, como en Ucrania, ni la densidad material y narrativa de una infraestructura estratégica, como en Ormuz, sino la fabricación política de una entidad enemiga. Irán no aparece como una unidad aislada que interrumpe un orden previamente estable, sino como un nodo dentro de una trama regional y global: sanciones, alianzas militares, mercados energéticos, memorias imperiales, tecnologías de seguridad y relatos de amenaza se cruzan en su nombre. El caso iraní permite ver con especial nitidez cómo una narración ontológica convierte una relación conflictiva en la esencia de un enemigo.
Las razones esgrimidas por los gobiernos de Israel y Estados Unidos para justificar el inicio de la guerra con Irán muestran una decisión geopolítica apoyada en un razonamiento ontológico. Irán fue presentado como una entidad aislada, un Estado incómodo para la consolidación imperial de otros dos Estados. Esa operación desplazó la historia regional, las alianzas militares, las sanciones, los mercados energéticos y las disputas narrativas, y colocó en el centro a una entidad que debía ser neutralizada para garantizar el control de quienes la nombraban una amenaza. Pensar relacionalmente no implica absolver responsabilidades ni negar decisiones estatales concretas; implica comprender cómo esas decisiones se vuelven legibles, justificables y ejecutables dentro de una trama de relaciones. De ese modo, todo Estado que no se ajusta a la voluntad de poder dominante aparece como una anomalía: debe obedecer, ser disciplinado o ser eliminado.
El ataque no fue presentado como una decisión política entre otras posibles, sometida a deliberación, cálculo y responsabilidad, sino como una necesidad inevitable: una acción preventiva frente a una supuesta amenaza existencial. Esa forma de argumentar transforma una opción estratégica en destino, desplaza la pregunta por la legalidad y la legitimidad hacia el terreno de la urgencia y coloca a la opinión pública frente a un hecho consumado. Sin embargo, esa materialidad —bombardeos, asesinatos selectivos, muerte de dirigentes políticos y militares, destrucción visible— no apareció sola ante la opinión pública.
Llegó acompañada por relatos previos, informes de inteligencia, argumentos jurídicos, advertencias diplomáticas y conversaciones reservadas que solo los atacantes conocían en su totalidad. Una vez visible el bombardeo, esos relatos disputaron el sentido de lo ocurrido: defensa propia, prevención estratégica, castigo, cambio de régimen o guerra injustificada. Allí vuelve a verse la misma cuestión: los hechos materiales existen, pero su eficacia política depende de la narración que los ordena y de las relaciones de poder que permiten que una versión aparezca como razonable mientras otras son descartadas como propaganda, fanatismo o amenaza.
Llegados a este punto, la secuencia se vuelve más nítida. Gramsci y Schmitt no aparecen aquí como antecedentes eruditos, sino como dos modos de advertir que una crisis de época es también una crisis de las categorías con las que se la interpreta. Esa intuición inicial, junto con las de Souza Silva y el Papa Francisco, permite leer Ucrania, Ormuz e Irán no como episodios aislados, sino como avatares diferenciados de un mismo desplazamiento. Ucrania muestra la insuficiencia de las explicaciones centradas en un líder o en un Estado aislado; Ormuz revela que incluso un lugar material adquiere eficacia política dentro de relatos, infraestructuras y relaciones de dependencia; Irán expone cómo la figura del enemigo se fabrica mediante narraciones autorizadas por diferenciales de poder. En los tres casos, lo que entra en crisis no es solo un orden mundial, sino también el modo de conocerlo, narrarlo y hacerlo aceptable. De ahí que el avatar más decisivo —y quizá todavía menos perceptible— del cambio de época sea el desplazamiento anunciado en el título: del pensamiento ontológico al pensamiento relacional.
No se trata solo de una mutación geopolítica, tecnológica o militar, aunque todas esas dimensiones estén en juego, sino de una transformación más profunda en las formas de conocer, narrar y legitimar lo que ocurre. Durante quinientos años, los marcos de conocimiento forjados por la modernidad occidental nos acostumbraron a buscar causas lineales, sujetos separados, amenazas aisladas y centros capaces de ordenar el mundo desde arriba. Los conflictos actuales, sin embargo, revelan otra lógica: redes de dependencia, diferenciales de poder, flujos financieros, infraestructuras energéticas, alianzas militares, plataformas comunicacionales, memorias históricas y jerarquías coloniales entrelazadas, sin un centro único ni una explicación autosuficiente.
Razonar relacionalmente no significa negar la violencia material ni diluir responsabilidades; significa ver con mayor precisión cómo se producen, se justifican y se distribuyen sus efectos. Allí se juega, tal vez, uno de los combates fundamentales de nuestro tiempo: no solo la disputa por territorios, recursos o tecnologías, sino la disputa por las formas mismas de conocer, nombrar y hacer aceptable el mundo que viene.
Enlaces de referencia
- https://repositorio.catie.ac.cr/handle/11554/9826
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El Papa: nos enfrentamos a cambios de época - Vatican News
En su saludo a los miembros de la Red de Filantropía Católica (Fadica), Francisco les agradeció su «apoyo silencioso» a las iniciativas de la Iglesia ...
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Antonio Gramsci frase: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.”
“El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos.” - Antonio Gramsci
4.https://books.google.com/books/about/The_Nomos_of_the_Earth_in_the_Internatio.html?id=X3n8wAEACAAJ
5.https://www.jstor.org/stable/48583744
6.https://www.decolonialtranslation.com/espanol/quijano-colonialidad-del-poder.pdf
7.https://www.eia.gov/todayinenergy/detail.php?id=61002
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Vinculo el pensamiento relacional con los análisis del capitalismo como sistema global que realiza Lenin. En El imperialismo, fase superior del capitalismo, vincula la condición de vida diaria con la geopolítica mundial tanto como las relaciones de entre las metrópolis imperiales y las periferias (colonias), dando valor a las redes de dependencia, de poder, flujos financieros alianzas militares y jerarquías articuladas de poderes adaptado al contexto del fin de siglo XIX y comienzo del XX, con centros claros en Europa. Destaca la dinámica de los acontecimientos y las relaciones agonicas y antagónicas entre e intraclases una “naturaleza contradictoria”. Me interesa conocer cuales serian los aspectos que actualmente podrían construir y movilizar relaciones intersubjetivas flexibles que pudieran imprimir movimiento a los deseos de vida colectiva realizados desde una posición de voluntad, no espontanea para forzar movimientos en los actuales momentos de cambio de época o como antes se decía “crisis histórica”
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