Cibernética y semiosis: De Norbert Wiener a Peter Thiel, a través de Juri Lotman y Humberto Maturana
El hilo de este boletín es el razonamiento relacional decolonial, una idea a la que ya aludí en la reflexión final de mi entrega anterior, Ni capitalismo, ni comunismo.
Hay cosas que llegan justamente cuando no las estamos buscando. El 28 de mayo de 2026, en Estambul, Alex Mignolo (Alejo) y yo salimos rumbo al Palacio de Topkapi. Lo primero que se nos impuso fue la multitud en el antiguo Hipódromo romano, sobre todo alrededor del Obelisco de Teodosio y del Obelisco Amurallado, donde los grupos de turistas se arremolinaban en torno a los viejos monumentos. A las diez de la mañana, cuando nos acercamos a Santa Sofía —que habíamos visitado el día anterior—, la multitud era ya más densa y el flujo hacia Topkapi no hacía sino crecer. Lo seguimos hasta la zona de venta de entradas y luego hasta el acceso, a unos treinta metros. Las filas serpenteantes, de escala aeroportuaria, acabaron muy pronto tanto con mi entusiasmo histórico como con la paciencia de Alejo. Así que dimos media vuelta y avanzamos, contra la corriente, hacia un café agradable que habíamos visto al pasar.
El lugar era fresco, aireado y acogedor. Estaba junto al histórico Ayasofya Hürrem Sultan Hamamı, también conocido como Haseki Hürrem Sultan Hamamı, un baño vinculado a una de las mujeres más poderosas de la corte otomana. No había fila para el célebre baño turco. Pero entonces llegó un grupo de cinco o seis parejas de mediana edad, probablemente también encaminadas hacia allí, y la escena cambió de tono. Alejo reflexionó en torno a las imágenes turísticas y en la oferta cultural dispuesta para la multitud, de la que nosotros también formábamos parte. Yo, en cambio, me fui hacia otro lado: hacia la semiosfera de Yuri Lotman.
Para quienes no estén familiarizados con el concepto de Lotman, la semiosfera es la esfera de todos los procesos semióticos: el espacio en el que los signos, los significados y la comunicación tienen lugar e interactúan. Así como la biosfera contiene organismos vivos, la semiosfera contiene formas de expresión cultural, lenguaje y sistemas de signos.
Lo más importante del concepto de Lotman es que la semiosfera no es solo una colección de signos o lenguas. Es un entorno vivo e interconectado en el que el sentido se produce, se traduce y circula. Diferentes culturas, lenguas y códigos se encuentran en sus fronteras, y esos encuentros generan nuevas posibilidades de interpretación. En ese sentido, la cultura no es un archivo fijo, sino un campo activo de producción de signos que puede extenderse más allá del mundo humano.
Si la cultura no es propiedad exclusiva de lo que los vocabularios occidentales llaman “humanos”, entonces los pájaros y las abejas también forman parte de esta historia. Los nidos de las aves y las colmenas no son simplemente objetos naturales separados del significado; también pueden leerse como productos de una vida pautada y portadora de signos. En lugar de detenerme aquí en esa cuestión más amplia, quiero concentrarme en los seres vivos nombrados como “humanos” en el vocabulario occidental, “ren” en mandarín, “runa” en quechua y “bashar” en persa, como nos recuerda Ali Shariati.
A partir de ahí, nuestra conversación giró hacia la necesidad de repensar la semiótica y la semiología, campos cuya visibilidad pública comenzó a desvanecerse en la década de 1980. Por qué ocurrió eso quedará para otro boletín. Lo que importó aquella mañana fue el giro hacia la inteligencia artificial (IA). Pensé en Norbert Wiener y Humberto Maturana; Alejo sumó Homo Deus, de Yuval Harari, a la conversación. Al final, nuestro intento fallido de visitar Topkapi tuvo su propia recompensa, aunque el jugo de zanahoria de aquel encantador café junto al Hürrem Sultan Hamamı costara doce dólares.
I.
Lo que sigue retoma esa conversación y la ordena un poco más, sin perder del todo el impulso de aquella mañana.
El libro de 1948 de Norbert Wiener, The Human Use of Human Beings contribuyó decisivamente a modelar nuestra comprensión de las consecuencias sociales de la tecnología y la automatización. Wiener imaginó un mundo en el que las máquinas, guiadas por principios cibernéticos, interactuarían cada vez más con las personas e influirían en las estructuras sociales. También advirtió sobre la deshumanización y la pérdida de agencia si permitíamos que las máquinas tomaran decisiones sin una supervisión rigurosa.
Ese mismo año, Wiener publicó Cybernetics: Or Control and Communication in the Animal and the Machine, una obra pionera que ayudó a inaugurar la era digital. Allí introdujo la cibernética como el estudio de cómo los sistemas —biológicos o mecánicos— utilizan la retroalimentación y la comunicación para autorregularse. Sus ideas sentaron bases intelectuales para la computación moderna, la automatización y la inteligencia artificial, al mostrar cómo la información podía procesarse y controlarse tanto en organismos vivos como en máquinas.
El impacto de Cybernetics fue profundo en la ingeniería, la biología, la psicología y la gestión. Ofreció un lenguaje compartido para pensar los bucles de retroalimentación, la autorregulación y la conducta adaptativa, principios que se volvieron centrales para los sistemas automatizados y la computación. El libro marcó la investigación académica y también inspiró el diseño temprano de computadoras y la arquitectura de las redes digitales, sentando las bases de las grandes transformaciones tecnológicas de la segunda mitad del siglo XX y de las que vendrían después.
Ese lenguaje compartido se conecta directamente con la idea de autopoiesis de Humberto Maturana. En la década de 1970, Maturana se convirtió en una figura central de la cibernética de segundo orden, a veces llamada la “cibernética de la cibernética”. Mientras la cibernética de primer orden examinaba cómo se controlan y regulan los sistemas, la de segundo orden desplazó la atención hacia el observador y hacia las maneras en que los sistemas se observan y se describen a sí mismos.
Maturana amplía la explicación de Wiener sobre la retroalimentación y la regulación al preguntar qué distingue a los sistemas vivos de las máquinas y qué papel desempeña el observador al describirlos. Ese es el movimiento clave de la cibernética de segundo orden: el observador no está fuera del sistema, registrándolo de manera neutral, sino que participa en el propio proceso de observación. Su respuesta fue la autopoiesis: los seres vivos no solo reaccionan a señales externas; se producen y se sostienen continuamente a sí mismos. La regulación, entonces, no es solo una cuestión de control, sino parte de la manera en que la vida preserva su organización y su coherencia.
A partir de ahí, Maturana se desplazó hacia lo que más tarde llamó biología cultural. Sostenía que los seres humanos no viven solo de la supervivencia biológica, sino a través del lenguaje, la emoción y la coordinación con otros. La cultura no es algo añadido a la biología desde afuera; es una de las formas en que la vida humana se organiza colectivamente. Por eso Maturana sigue siendo tan relevante en las conversaciones sobre inteligencia artificial: nos recuerda que la cognición y la regulación nunca son solo operaciones abstractas, sino que siempre están ligadas a mundos vivientes.
Quienes están familiarizados con la matriz colonial del poder pueden advertir aquí un paralelo: el observador nunca está fuera del sistema observado. Eso ayuda a explicar el movimiento de Maturana hacia la biología cultural y la biología de la cognición. La observación está siempre situada, y el organismo vivo extiende la biosfera al ámbito de la cultura y la significación.
II.
Hoy, las preocupaciones de Wiener resultan más urgentes que nunca. La inteligencia artificial (IA) está ya entretejida en la vida cotidiana, desde la automatización del trabajo hasta los algoritmos personalizados de las redes sociales. Su advertencia sigue en pie: la IA debe seguir siendo una herramienta que fortalezca las capacidades humanas, en lugar de una que las desplace silenciosamente. El desafío central consiste en equilibrar el cambio tecnológico con la preservación de la dignidad humana.
Las primeras reflexiones de Wiener resuenan hoy en el gobierno, la salud, las finanzas y otros ámbitos en los que la IA influye sobre decisiones de gran alcance. Su obra sigue recordándonos que la supervisión ética, la agencia humana y la dignidad no pueden tratarse como preocupaciones secundarias en medio de un cambio tecnológico acelerado.
Muchos sistemas de IA operan hoy con cierto grado de autonomía, aprenden de vastos conjuntos de datos y modelan recomendaciones o decisiones que afectan a millones de personas. Esa realidad da nueva fuerza a las preocupaciones de Wiener sobre el juicio guiado por máquinas. Cuestiones como el sesgo, la privacidad, la vigilancia y la rendición de cuentas vuelven aún más necesario su llamado a una gobernanza transparente y a un debate público sostenido.
Esa cuestión se vuelve más aguda cuando consideramos la influencia de Peter Thiel y de empresas como Palantir, cuyos sistemas basados en datos han contribuido a modelar la manera en que las instituciones clasifican, monitorean y actúan sobre el comportamiento humano. De ahí a Harari hay un paso corto.
III.
Y es ahí donde entra Yuval Harari, con una provocación todavía más aguda —y también más inquietante.
Donde Wiener advertía sobre la pérdida de la agencia humana, Homo Deus, de Yuval Noah Harari, empuja al lector a considerar un futuro en el que la IA no solo asista a la humanidad, sino que pueda empezar a dominar los términos en que se organiza la vida humana. En el relato de Harari, los algoritmos llegan a ser lo bastante poderosos como para sobrepasar límites humanos familiares y desafiar supuestos más antiguos sobre el juicio, la autoridad y el propósito.
Esta perspectiva funciona a la vez como predicción y provocación. La pregunta es si la sociedad aceptará sin más esa trayectoria o si dará forma activamente a la relación entre tecnología y humanidad, como Wiener insistía en que debía hacerlo. El contraste entre ambos enmarca uno de los debates centrales de nuestro tiempo: cuánta agencia deberían conservar las personas en un mundo saturado de IA.
La diferencia entre ambos pensadores es tan filosófica como práctica. La postura de Wiener es de cautela y tutela: la tecnología debe ampliar el bienestar humano, pero solo bajo supervisión ética y con la agencia humana preservada en el centro. Temía que una automatización sin control pudiera erosionar la libertad y disminuir el espíritu humano.
Harari, en cambio, lleva el argumento más lejos. En Homo Deus, imagina un futuro en el que la inteligencia artificial y los sistemas guiados por datos no solo asisten la toma de decisiones humanas, sino que comienzan a sobrepasarla. Para él, la cuestión es menos si ese giro es deseable que hasta dónde puede llegar y qué significaría para la autocomprensión humana.
Puestos uno al lado del otro, Wiener y Harari revelan una tensión central en el pensamiento contemporáneo sobre la IA. ¿Debe la tecnología seguir siendo una herramienta firmemente bajo dirección humana, o es inevitable que algunas formas de agencia sean cedidas a sistemas inteligentes? Wiener insta a la vigilancia y a la responsabilidad ética; Harari nos pide imaginar un mundo en el que la frontera entre la agencia humana y la maquínica se vuelve cada vez más inestable. Es precisamente en ese umbral donde aparecen compañías como Palantir.
IV.
Llegó el momento de introducir a Peter Thielm quien aparece en el subtítulo. A la luz de ello, no sorprende que Palantir Technologies haya surgido como una empresa especializada en analítica de macrodatos y sistemas de inteligencia. Fundada en 2003, Palantir estructuró su desarrollo en torno a plataformas como Gotham y Foundry, diseñadas para integrar, gestionar y analizar grandes volúmenes de datos procedentes de fuentes dispares. Sus clientes incluyen agencias gubernamentales, instituciones financieras y grandes empresas que buscan herramientas para la toma de decisiones, la coordinación operativa y la obtención de información accionable.
Visto a través de Homo Deus de Harari, Palantir es más que una empresa de software. Se convierte en un signo concreto del mundo que él describe: uno en el que los flujos de datos, los sistemas predictivos y los modelos algorítmicos moldean cada vez más las decisiones. La promesa es clara: suficiente información, procesada con suficiente rapidez, puede revelar patrones que escapan a la percepción ordinaria y orientar a las instituciones con mayor eficacia que el juicio individual por sí solo. Es la inversión de la cautela de Wiener y una confirmación de la predicción —o del diseño— de Harari.
Aquí es donde la conversación vuelve a Wiener. Para Harari, sistemas como Palantir sugieren que la gobernanza guiada por datos puede ya estar tomando forma. Para Wiener, el mismo giro exigiría vigilancia, porque cuanto más se delegan las decisiones a sistemas de clasificación y predicción, mayor es el riesgo de que los seres humanos se vuelvan legibles ante todo como puntos de datos que deben ser gestionados. Palantir se sitúa, por tanto, en la intersección de dos futuros: uno que celebra la inteligencia algorítmica como un nuevo horizonte de poder, y otro que pregunta qué ocurre con la agencia, la privacidad y la dignidad cuando la regulación pasa cada vez más por el código.
El objetivo declarado de Palantir es ayudar a las organizaciones a usar datos complejos para la seguridad, la inteligencia y la eficiencia operativa. Sus plataformas respaldan la colaboración entre departamentos, el análisis de políticas, la detección de patrones y la coordinación de recursos mediante analítica avanzada e inteligencia artificial.
La participación de Thiel en Palantir subraya tanto la promesa como el peligro de incorporar analítica avanzada y vigilancia a la gestión pública. Tales herramientas pueden mejorar la eficiencia y la seguridad, pero también intensifican las cuestiones relativas a la privacidad, la autonomía y el exceso de poder institucional. Cuando las personas son gobernadas mediante estos sistemas, lo que está en juego en términos de supervisión ética se vuelve especialmente alto.
V.
El razonamiento relacional decolonial constituye el eje de este boletín porque nos permite confrontar una razón ontológica de raíz platónica que, durante siglos, ha orientado la epistemología occidental y que hoy prolonga sus efectos en la esfera tecnológica. Me refiero a una lógica de la denotación según la cual las palabras no solo nombran las cosas del mundo, sino que remiten a esencias supuestamente estables, superiores e inmutables, convertidas en fundamento último para clasificar, ordenar y gobernar. Vista desde ahí, la cuestión tecnológica no puede reducirse a un problema de capacidad técnica o de innovación instrumental; exige preguntarnos por los valores, las cosmologías y las estructuras de poder que hacen posible su funcionamiento y legitiman su expansión.
Wiener nos recuerda con razón que la agencia y la dignidad humanas no deben ceder su lugar. Pero la opción decolonial empuja la pregunta aún más lejos: interroga qué concepción de lo humano, qué modo de dar mundo a la vida y qué autoridad para nombrar, clasificar y gobernar quedan resguardados dentro de esos sistemas.Desde ahí es posible comprender mejor la figura de Peter Thiel y el papel de Palantir, no solo como expresión de innovación tecnológica, sino como cristalización contemporánea de esa misma razón ontológica en las formas del cálculo, la predicción y la gestión.
Así, Peter Thiel aparece como una figura reveladora: a través de Palantir y del horizonte más amplio de la gobernanza guiada por datos, representa no simplemente la innovación, sino la consolidación de una poderosa razón ontológica occidental que convierte a personas, poblaciones y territorios en objetos de cálculo, predicción y gestión. El debate abierto, la gobernanza transparente y la atención sostenida a las consecuencias sociales son, por tanto, necesarios, pero no bastan si no van acompañados de una reorientación decolonial de los propios términos en que se definen la inteligencia, el orden y lo humano. La pregunta ya no es solo si esos sistemas organizarán nuestras vidas, sino desde qué horizonte epistémico, al servicio de qué mundos y con qué recursos podemos enfrentarnos a visiones tan materialmente poderosas como la de Thiel.
Al final, no pasar varias horas dentro de Topkapi resultó ser un desvío más fértil. Nos apartó de la corriente turística y nos devolvió a la historia estratificada de esta parte extraordinaria de Estambul, donde Bizancio, Constantinopla y el mundo otomano siguen visiblemente entrelazados. La propia Santa Sofía condensa esas capas. La primera iglesia en ese lugar fue construida en el año 360 d. C., probablemente bajo Constancio II, y sirvió como gran iglesia de la capital bizantina. La estructura que hoy conocemos tomó forma bajo Justiniano I en el siglo VI, permaneció como catedral hasta 1453 y luego fue convertida en mezquita bajo Mehmed II. Ese giro no borró la vida anterior del edificio; añadió otra capa histórica a una estructura que todavía domina el horizonte. Quizá esa sea también la lección de la mañana: los sistemas, como las ciudades, no sustituyen sin más lo que vino antes. Lo acumulan, lo absorben, lo reordenan. Y nosotros vivimos, querámoslo o no, dentro de sus consecuencias.
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Fascinating reflections triggered by the historical layers of Istanbul!
In the orthodox classical Chinese reflections on the subject, human civilization is a continuum with the natural patterns of the world. The same word - wen (文) - refers to both natural patterns on the earth, animals, the sky and human patterning - civilization/culture (also wen 文).
I explored this in A Philosophical Defense of Culture: Perspectives from Confucianism and Cassirer :P :P
Best, Shuchen
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