OZ #48 💌 Señoras que escribían sobre escoceses del siglo XVIII
Pon un rebelde jacobita en tu vida. Y haz que se haga amigo intenso de un soldado inglés.

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Acompañadme a un lugar más fresco.
Es junio, sí, pero estáis en Escocia. Es vuestra primera visita, y eso que tenéis 46 años y sois de no muy lejos, de Liverpool. No habíais ido antes porque la región tiene fama de ser muy cara, pero este invierno una amiga os dijo que en realidad ya no es para tanto. Así que habéis decidido saldar esta deuda histórica vital vuestra a lo grande e iros a pasar cinco semanas por allí.
Curiosamente, no habéis ido buscando un refugio climático, sino que escogisteis hacer el viaje en junio porque parece ser que es la época menos húmeda. Sin embargo, como ocurre a menudo cuando se toman decisiones viajeras basándose en estadísticas meteorológicas, Escocia os ha recibido con lluvia incesante. Como recordaréis años después cuando os pregunten cómo surgió la idea de vuestra novela más exitosa, durante esas vacaciones hubo solo cuatro días de buen tiempo.
Estamos en 1923, sois una señora que escribe novela histórica y, aunque no lo sabéis, estáis a punto de tener que comeros vuestras palabras. Aparecerá una escena en vuestra cabeza (un hombre salvando a otro de un pelotón de fusilamiento) y ya no seréis capaces de pensar en otra cosa.
Volviendo a vuestros sudorosos presentes, os pregunto: ¿alguna vez habéis dicho algo con convicción y, años después, os habéis tenido que desdecir? Supongo que sí. A mí me pasó con el café, del que era una orgullosa no bebedora; con las plantas, de las que decía que me caían mal; y con Viena, que creía que estaba sobrevalorada. A nuestra protagonista de hoy le pasó con el levantamiento jacobita de 1745.
En alguna ocasión le habían preguntado si no le interesaba escribir sobre ese acontecimiento histórico y ella había puesto los ojos en blanco y dicho que no, que ya se había escrito demasiado sobre eso y que solo pensarlo le daba pereza. Qué aburrimiento, otra novela sobre heroicos highlanders y malvados ingleses. Pero no hay nada como cinco semanas de lluvia para que el espíritu escocés te cale hasta los huesos. Allí, en Lochaber e Inverness, visitando a regañadientes y bajo el agua todos esos lugares sobre los que tanto había leído (aún no lo sabéis, pero nuestra novelista es licenciada en Historia por la Universidad de Oxford), de pronto lo entendió todo.
Estudiante de Historia sin título
Pongamos nombre a esta señora: se llamaba Dorothy Kathleen Broster, aunque firmaba con sus iniciales, D. K. Broster. Muchos de sus lectores se sorprendieron en 1950 al descubrir, leyendo su obituario, que quien había escrito esa popular saga no era un señor escocés, sino una señora inglesa. Porque sí, de esa visión de un escocés malherido y un oficial inglés interponiéndose entre él y los que lo iban a fusilar, salieron tres libros. Nunca digáis que algo os aburre. O sí, y la vida hará que ese algo se convierta en vuestra nueva pasión.
Nuestra ya amiga Dorothy Kathleen nació en Liverpool en 1877 (cinco años antes que Virginia Woolf, que es como mido yo el tiempo). Fue hija única hasta que se convirtió en la hermana mayor de dos otras niñas y de un niño. De su infancia, recuerda los barcos en el puerto, estar siempre inventando historias con sus amigas y escribir cartas con tinta invisible (zumo de limón), chamuscando sus bordes para que parecieran documentos antiguos que habían llegado a ella tras muchas vicisitudes. Haber hecho esto también en mi infancia de los años noventa hace que note un hilito que nos une de un siglo a otro.
Estudió en coles privados (aquí ese hilito se rompe) y en 1896 fue una de las estudiantes en el St Hilda’s College, centro universitario para mujeres de la Universidad de Oxford que existía desde 1893. Estudió Historia Moderna, pero no obtuvo título porque una cosa era dejar a las mujeres estudiar y otra muy distinta darles un papel que las igualase a los chicos que habían hecho exactamente lo mismo. Oxford tardó más de veinte años en enmendar su error: en 1920, por fin, concedieron a todas esas antiguas alumnas los títulos que les correspondían. Así fue como llegué yo a ella.

Efectivamente, los ojos se me pusieron así, llenos de corazones, y ya no busqué más. Estaba aún en pleno duelo por el final de Outlander, así que me descargué el primer libro (que es, para las que habláis outlanderiano, el lugar evidente en el que se inspiró Diana Gabaldon para la relación entre Jamie y Lord John) y me puse a leer. Me encontré con Ewen Cameron, un highlander altísimo y muy atractivo, y con Keith Windham, un oficial inglés herido por la vida que cada vez que aparece Ewen nos cuenta lo guapo que es.

En las opiniones de Goodreads sobre el libro, donde tiene un nada desdeñable 4,17 (sobre 5), hay dos bandos. Están los que comentan el evidente subtexto gay de la historia y están los ofendidos por esa interpretación que quiere ver siempre cosas del siglo XXI (¡antes no existían!) en textos antiguos. Que igual nos hemos flipado y D.K., que ya tenía varias novelas a sus espaldas y se conocía bien todos los tropos, no quería decir nada al hacer que en el primer encuentro entre los protagonistas uno se desmaye en brazos del otro, al ponernos a Keith diciendo que Ewen es muy atractivo, que su opinión sobre los kilts cambió en cuanto vio a «su Aquiles» (LO LLAMA ASÍ EN SU DIARIO) con uno puesto, que la prometida de Ewen tiene muy buen gusto, o preguntándose constantemente qué es esto que siente por el apuesto escocés, que resulta no ser un salvaje, sino un tipo culto que habla francés y lee latín.
Pero me he adelantado. Me había quedado con la D. K. estudiante de Historia sin título. Al acabar, se convirtió en secretaria de un profesor de la universidad y pasó unos años ayudándolo con sus temas literarios y de investigación. Esto no le dejaba mucho tiempo libre para escribir (siempre había sido su objetivo), pero se las arregló para ir escribiendo y publicando ya algunos relatos o algo de poesía. Su primera novela llegó en 1911: la escribió con su amiga Gertrude Winifred Taylor y estaba ambientada en la guerra de la Vandea (después de la Revolución francesa). Como fue bien recibida, escribieron juntas otra novela histórica.
Durante la primera guerra mundial, D. K. fue enfermera, tanto en Inglaterra como en Francia, pero una lesión en una pierna hizo que tuviese que dejarlo. ¿Qué hacer entonces? Escribir. Y ya en solitario. Siguió con novelas históricas: una sobre las aventuras de una pareja de aristócratas durante la Revolución francesa, otra ambientada en las guerras napoleónicas (me hace mucha gracia que no pensase que sobre estos acontecimientos se había escrito ya demasiado)... y entonces llegó ese viaje a Escocia.
Una señora bien documentada
De esa visión de Ewen malherido, con la ropa rota y el pecho al aire (ese pecho desnudo sobre el que Keith pone luego la mano), y un inglés que solo quería llamarse Keith (un problema para D. K., porque resulta que Keith es un nombre escocés) que corre a evitar su muerte, de esa visión ya afloró el resto de la historia:
Es 1745, claro, el año en el que un ejército formado por mucho highlander pero también por bastantes ingleses siguió a Carlos Eduardo Estuardo, Bonnie Prince Charlie para sus seguidores, casi hasta las puertas de Londres con el objetivo de destronar a los Hannover y restaurar a los Estuardo. Lo que empezó con éxitos y avances, acabó en una gran derrota en la batalla de Culloden, donde las tropas de jacobitas, mermadas por el cansancio, el hambre y la enfermedad, no pudieron contra los casacas rojas de la Corona, que se vengaron de lo sufrido en meses anteriores negando su atención a los heridos, maltratando o ejecutando a prisioneros y acabando, básicamente, con la cultura de las Tierras Altas.
D. K. ya sabía esto, que es lo más básico, pero como buena novelista histórica, quiso que en su libro no hubiese ningún error: leyó, dijo, 80 obras de referencia para documentarse. El resultado fue The Flight of the Heron (El vuelo de la garza, pero no está traducido), que se convirtió en un best-seller y una trilogía jacobita con The Gleam in the North y The Dark Mile.
The Flight of the Heron, por cierto, está dedicado a una tal Violet Jacob.
Otra novela sobre otra amistad improbable en 1745

Por supuesto, lo primero que hice fue preguntarle a DuckDuckGo (¡dejad Google!) quién era esa tal Violet Jacob, cruzando los dedos para tener una respuesta satisfactoria y no solo enlaces a la primera página del libro de D. K. Tuve premio: Violet Jacob era otra escritora que también se había inspirado en el levantamiento jacobita del 45 para una novela histórica. Ella también había puesto a sus dos protagonistas en bandos contrarios. En este caso, son los dos escoceses y ninguno es de las Tierras Altas. Violet Jacob, como los héroes de su novela, también era escocesa.
Nacida en 1863 (año 19 antes de Virginia) en la Casa de Dun, en Angus, al este de Escocia, Violet Augusta Mary Frederica Kennedy-Erskine, a la que vamos a llamar Violet a secas, era hija de un capitán de una unidad de caballería del ejército británico y nieta de Augusta FitzClarence, hija ilegítima del rey Guillermo IV de Inglaterra con la actriz Dorothy Jordan. Es decir, y permitidme que me emocione porque acabo de darme cuenta de esto: Violet era bisnieta de una señora de la que ya hablé por aquí hace unos años. (¿Hay endogamia en esta niusléter? ¿Están todas las señoras británicas con página en Wikipedia emparentadas?). En fin, que de familia pobre y anónima no era y, en principio, debería ser más simpatizante con el ejército británico que con los rebeldes jacobitas. De hecho, su marido, que era irlandés, era comandante también en ese mismo ejército. Hay quien ve en Flemington, su novela sobre el levantamiento, esas simpatías. Yo no las vi.
Violet no encontró la inspiración en ningún viaje: casi toda su obra está ambientada en Montrose, la zona de Angus en la que se crio, pero no porque no viajase. Mientras D. K. estudiaba Historia en Oxford (y Virginia lloraba a su madre), Violet estaba en la India acompañando a su marido. Escribió toda su vida: poesía en el dialecto del escocés que se hablaba en Angus, diarios y cartas que se publicaron, una historia de su familia y cinco novelas históricas.
En Flemington hay un muchacho que es pintor y espía para los británicos, que ama la vida porque todo siempre le ha ido bien y que ha sido criado por una abuela que busca una vendetta personal contra los jacobitas. Este chico, Archie, va a casa de un escocés sospechoso de rebeldía para espiar sus planes… y resulta que, como se caen bien, entra en una especie de crisis existencial. James, el jacobita en cuestión, ama la vida pero con desesperación, porque muchas cosas le han salido mal. Hay menos intensidad que en The Flight of the Heron, pero a cambio está el personaje de la abuela que hace temblar a todo el mundo.
Violet Jacob murió en 1946, con 86 años, ya de vuelta en Angus. ¿Qué fue de D.K. Broster? Después de su exitosa trilogía, siguió escribiendo, aunque nunca con el mismo éxito. Publicó unas cuantas novelas más y varias colecciones de relatos de fantasía y terror (algunos creo que sí se han traducido). Cuando murió, en 1950, le dejó todo, una herencia de 67.000 libras, a Gertrude Schlich, la mujer con la que vivió gran parte de su vida en Oxford, en Londres y en una remota casita al final de un camino sin pavimentar Catsfield, Sussex. Se conocieron en Oxford. Y fue con ella con quien pasó cinco semanas bajo la lluvia escocesa y con quien visitó Escocia en múltiples ocasiones más a lo largo de los años.

Saqué mucha información sobre D. K. Broster de esta web dedicada a ella en la que hay escritos, críticas contemporáneas y hasta una entrevista. También de este texto de Belinda Copson y de este otro de George Kiloh.
The Flight of the Heron tuvo un nuevo repunte de éxito cuando en los años sesenta empezó a ser lectura recomendada en colegios e institutos británicos. A las adolescentes de las islas, esas mismas que nos recomendaron a los Beatles, les encantó.
Hubo dos adaptaciones para tele de The Flight of the Heron, una en 1968 y otra en 1976. La primera no se cortó a la hora de llevar la intensidad a las pantallas y por eso los edits sobre Ewen y Keith que hay en YouTube eligen esa serie (si vais a leer el libro, no veáis el vídeo hasta el final).
El primer verso de la canción Eleventh Earl of Mar, de Genesis, es la primera frase de The Flight of the Heron. Me parece precioso que un libro que nació de la lluvia empiece hablando del sol.
Lo de Violet Jacob viene directo de la Wikipedia y de mi lectura de Flemington.
¿Os apetece leerlos? Están descatalogadísimos, pero podéis sacarlos de Project Gutenberg: The Flight of the Heron y Flemington. También podéis buscar por Iberlibro, donde están.
El botiquín 💊
Las píldoras culturales que me han mantenido cuerda y feliz estos últimos meses.
📚 Además de The Flight of the Heron (¡que alguien lo traduzca!) y Flemington, me gustó mucho Amada y perdida, de Susie Boyt (traducido por Magdalena Palmer para Muñeca Infinita).
📺 No sé por qué soy la única persona que está viendo Rivals. Es puro gozo, hacedme caso. También me gustó mucho Bait, sobre qué pasa cuando se empieza a rumorear que vas a ser el próximo James Bond y no eres blanco.
🎶 Aún no escuché el disco de Olivia Rodrigo, pero el de Aldous Harding está muy bien. Pero para qué mentiros: he recaído en Bright Eyes.
Y hasta aquí la carta de hoy. Si te ha gustado, reenvíala, compártela en tu red social de confianza, escríbeme para contarme si alguna vez la lluvia te ha inspirado, si hay cosas que has dicho que ya no son ciertas o si ver a alguien que te atraía con una prenda de ropa que odiabas ha hecho que cambies de opinión sobre dicha prenda (o si, por el contrario, ha bajado tu nivel de atracción). ¡También puedes dejar un comentario! ¡Saluda! ¡Cuéntame por qué crees que Escocia es de los mejores lugares del mundo! Y nada más, gracias por llegar hasta aquí y no ser fantasmas.
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This was so interesting (as always!), Ana! Really made me want to read The Flight of the Heron, especially if it can fill that Outlander-shaped hole in my life (though I agree: Rivals is doing very well for itself in that regard).
Anyway, when have I ever had to eat my words? Oh, I don't know, maybe when I was at Rock Werchter in 2009, watching the Black Eyed Peas from afar, listening to them play a new song about which I said "This is truly the dumbest song ever. It will never catch on."
Was it "I Gotta Feeling"? Yes. Yes it was. (I still cannot accept the sheer spelling of "I Gotta Feeling", by the way.)
Anyway, keep up the great work! Can't wait to read the next edition!
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