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14 de agosto de 2026

OZ 💌 Un fenómeno celeste

Tan espectacular.

Foto de un estampado de una camiseta: la tela es negra y hay planetitas con su anillo flotando.
Mi camiseta (elección muy meditada) durante el eclipse.

Cada vez que estoy en una conversación en la que alguien dice algo del rayo verde, por mi cabeza pasa como una perseida la coletilla «no es tan espectacular». A veces incluso lo llego a decir, sin pensarlo, igual que digo «¡salud!» cuando alguien estornuda, pero algo más por lo bajini. Cuando se me oye, la respuesta puede ser alguna mirada entre cómplice y acusadora de quien ha entendido la referencia, alguna réplica que me da la razón («sí, eso dicen») o preguntas inocentes que piden que cuente mi experiencia. Ahí tengo que admitir que, en realidad, yo nunca he visto el maldito rayo verde. Ahora, al menos, podré cambiar de tema y añadir que el fenómeno celeste que sí he visto es un eclipse solar total. Con gran alivio, además, porque sí fue tan espectacular como prometía ese aluvión de artículos y reels que me crearon el fomo necesario para ir del 99,4 % al 100 %.

De vuelta, o quizá antes, uno de los contenidos que me sirvió en bandeja el algoritmo fue un parrafito en el que Virginia Woolf describía en su diario los colores del eclipse total de sol que vio ella el 29 de junio de 1927. Tras una breve vacilación, decidí hacer una excepción en mis normas de amistad con Virginia y leer el futuro. Abrí el tomo en el que voy siguiendo su vida y me adelanté hasta el 30 de junio del año que viene (-100).

Lo vio en Bardon Fell, al norte de Leeds, adonde llegó tras varias horas en un tren abarrotado y otro rato más en un ómnibus en una caravana de coches y omnibuses. Ya había gente acampada cuando llegaron. Y había nubes y también claros. Leonard no dejaba de mirar el reloj (iban también su sobrino Quentin y Vita y su marido y algún amigo más).

«Pasaban los minutos. Pensamos que nos habían estafado; miramos las ovejas; no mostraban ningún temor; los setters corrían por allí; todo el mundo estaba de pie, en largas filas, muy dignos, mirando al cielo. Pensé que éramos como gentes muy antiguas, en el nacimiento del mundo, druidas en Stonehenge».

No describe en ningún momento la corona solar, lo que me hace sospechar que la nube se colocó donde no debía. O quizá lo que más le impresionó fue lo del color, que sí cuenta como algo repentino, como si se fuera la luz.

«Tuve una sensación muy fuerte cuando la luz se fue, como una vasta reverencia: algo que se arrodillaba y se inclinaba y de pronto se levantaba de nuevo, cuando los colores reaparecieron. Volvieron con asombrosa ligereza, rapidez y belleza en el valle y sobre las colinas, al principio de un modo milagrosamente centelleante y etéreo, luego casi con normalidad, pero con una gran sensación de alivio. Era una recuperación».

Su eclipse fue por la mañana, casi al amanecer. El nuestro, cuando el sol ya estaba de retirada. Me da un poco de rabia que Virginia se acuerde tan bien de los colores: en mi retina hay una mezcla de lo visto y lo leído y lo que hay en la pantalla de mi móvil y lo que creo recordar como real. Más luz de la que esperábamos en la totalidad, pero con unos tonos extraños, como si se hubiese abierto la puerta enorme a una realidad paralela, una copia casi exacta pero con colores inexactos, dibujados de memoria, vistos a través de un filtro o de un intento fallido de ajustar los niveles en Photoshop.

Pero no quería hablar de los colores, que, como he dicho, no recuerdo bien, sino de los dos momentos que más me unieron con mi amiga Virginia tras leer eso que aún no le ha pasado. Uno, el de verse como gentes antiguas (y también el de bromear con que a lo mejor era todo una estafa, comentario también presente en el punto de la provincia de Lugo desde el que lo vimos cuando a las 19:29 aún no había mordisquito en el sol). El otro, este: «Luego todo había terminado hasta 1999».

Póster del eclipse total de 1927 en Inglaterra.
Science Museum Group
© The Board of Trustees of the Science Museum. CC BY-NC-SA 4.0.

En agosto de 1999 yo estaba con mis padres y mi hermana de vacaciones en Chamonix. Mi madre recuerda haber buscado gafas sin éxito, en el último momento, hasta que las dependientas de un supermercado se apiadaron de nosotros. Yo recuerdo una imagen, que no sé si es una foto o algo que vi o un recuerdo inventado: las dependientas con las gafas, en la calle, mirando al cielo. Hace dos días buscamos ese eclipse y vimos que Chamonix estaba en la franja del 90 %. La verdad es que podíamos haber ido hasta el 100 % (eran vacaciones de coche y camping, sin reservas), pero en 1999 no había reels que crearan fomo y que explicaran que hay mucha diferencia entre el 99,9 % y el 100 % (aunque si Virginia Woolf hizo ese viaje en 1927, es posible que en 1999 los despistados fuéramos nosotros). El bombardeo informativo a veces es bueno.

El de 2027 lo veré en casa. Hay que dejar sitio en la franja de la totalidad a quien todavía no ha tenido la oportunidad. Quizá debiéramos quedar más a menudo para mirar al cielo, sentir nuestro tamaño diminuto y cruzar los dedos para no tener que decir que hoy también, hoy también, se ha vuelto a nublar. Aunque las nubes son algo increíble, qué suerte poder verlas.

  • Las citas son de la traducción de Maribel de Juan para Siruela de los Diarios 1925-1930 de Virginia Woolf.

  • ¡Contadme cosas!

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