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18 de marzo de 2026

OZ #46 💌 Cortejo primaveral

Do something pretty while you can. Y menciono a tres autoras.

La flor que me encontré un gris día de febrero al salir del centro de salud.
¿Quién corteja a quién?

Ya casi es primavera, lo que significa que me debato entre la alegría y el miedo. La alegría porque soy humana y, si el mundo pasa de ser una nube gris de la que no para de caer agua a enseñarme pequeños brotes y florecillas, siento que se abre algo de colores también en mi interior (como en un relato de Ali Smith1 en el que la protagonista se convierte en rosal). El miedo es porque la primavera anticipa calor, que para mí significa cansancio, y también porque a mi cuerpo le cuesta aclimatarse a los cambios de esta época. Cuando empiezo a sentirme cómoda en una temperatura, un nuevo vuelco en el mercurio (perdón) me desestabiliza otra vez. Pero todo es bonito y, como una gatita, me tumbo al sol un rato, porque este sol es el mejor aunque luego me duela la cabeza.

Me gusta la primavera porque el contraste entre ese azul y ese verde es de las cosas más bonitas que existen. La primavera es un placer estético y sensorial, pero sé que hay más personas que la temen. Si la palabra polen no te evoca abejas contentas de flor en flor, sino estornudos y ojos llorosos; si, como yo, pasas las primeras semanas arrastrándote y preguntándote si te has puesto enferma o si es el cambio de estación, el cambio de hora, haber estado al sol o una falta de vitaminas; quizá entonces tengas también esta relación algo confusa con los meses floridos. Pero entonces aparece una hojita verde en un palo que hace nada estaba triste y desnudo y lo olvidamos todo durante un rato. La primavera nos agota, pero también nos engatusa para que lo aguantemos todo, para que olvidemos lo malo, para que pidamos más.

He estado reflexionando sobre esta prueba de inteligencia natural. Mi conclusión es que lo que hace esta estación alteradora es cortejarnos, creo que porque a principios de año leí El jardín de la vida, de Vernon Lee (Editorial Elba, traducción de Guillem Usandizaga), un librito de ensayos y apuntes sobre algunos de mis temas favoritos. Vernon Lee, que en realidad era una señora del siglo XIX y del XX llamada Violet Paget, dedica varias páginas a hablar del concepto de cortejo. 

Dice, por ejemplo: 

«Pero lo que pido es que haya cortejo más allá del literal entre las Perditas y los Floriceles; que se “esté enamorado” de muchas cosas, incluso de los alhelís y las piedras, aparte de los jóvenes y las doncellas; algo que nos daría juventud de sentimiento, aunque hubiéramos envejecido años».


Ahora quiero copiaros otra cita larga en la que habla de que la vida vivida con sabiduría no debe ser más que un largo cortejo, y en la que enumera sus exquisiteces —«las noches estivales con estrellas fugaces, los mediodías pálidamente soleados de invierno, los primeros paseos por los pueblos con torres o sobre colinas que huelen a hierba, oír de nuevo la música que uno ha entendido, por no hablar del gesto y la voz de la gente a la que queremos»—, que deberíamos vivir «con la alegría indescriptible de los regalos», pero me salgo un poco del tema. Leed el libro. También dice que «la misma esencia de la vida es hacernos creer en ella; moldeamos el futuro a partir de nuestros sentimientos presentes y vamos viviendo como si fuéramos a vivir para siempre, sencillamente porque, por la naturaleza de las cosas, no tenemos la experiencia de dejar de vivir».


Cortejarlo todo (las flores, la mesita del café, ese rayo de sol) es una actitud con la que siempre me he sentido muy en sintonía, aunque también me provoca algo de culpabilidad y rechazo. ¿Qué hago yo en plena tercera guerra mundial —o en sus albores, o donde sea que estemos— haciéndole una foto a la flor que me encontré en el aparcamiento del centro de salud2? ¿Voy a conseguir algo cortejando a ese arbolito? Y ahí me embrollo atacando y defendiendo el cortejo, la desvergüenza de proponerlo como mi forma de resistencia, queriendo invocar a Rebecca Solnit sin haberme estudiado bien sus argumentos, preguntándome si está mal admirar la primavera.

No llego a ninguna conclusión que resuelva esa disonancia entre la belleza y el horror (y la impotencia o el creer que no tenemos ningún tipo de poder). Pero dejo de desconfiar tanto de esta estación embaucadora. Hace solo unas líneas, si os acordáis, llegué a pensar que la primavera hace que todo florezca y contraste con la depresión del gris invernal para despistarnos, para que no tengamos en cuenta que nos agota y llena de estornudos (en lenguaje afectivo actual, nos hace love-bombing). Ahora se me ocurre que, a lo mejor, su objetivo no tiene que ver con manipularnos para que la queramos. A lo mejor solo quiere darnos un poquito de esperanza. Que podamos decir «oh, mira, una flor» y hacer algo bonito en lugar de no hacer nada.


  1. El relato es “La observadora”. Está en el libro Biblioteca pública (editado por Nørdica, traducido por Magdalena Palmer). ↩

  2. Ver foto que encabeza esta carta. ↩

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Ana Bulnes
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