OZ #44 💌 Las calendaristas
Año nuevo, almanaque, agenda o calendario nuevo... también en el siglo XVII.

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¿Qué tal habéis empezado el año? ¿Habéis colgado, colocado en la mesa o metido en el bolso vuestros calendarios, almanaques y agendas de 2026? Excepto para quienes os hayáis pasado ya completamente a lo digital, este acto de tener un producto de papel que nos diga en qué día vivimos es uno de esos millones de hilitos invisibles que nos unen a personas no solo de otros rincones del mundo, sino también de otros siglos. ¿Qué tenemos en común con una alemana del siglo XVII? Pues, por lo menos, haber empezado el año poniendo un calendario nuevo.
Si estuviésemos en 1656, es posible que hubiésemos comprado también un almanaque astronómico con información sobre la posición de los planetas cada día (y, según el modelo, con interpretaciones y pronósticos sobre el significado de esa posición, especialmente sobre el tiempo que va a hacer, y espacio para escribir). En uno de estos almanaques en particular, hubiésemos leído una introducción que empezaba de esta forma tan prometedora:
«Dios ha dotado al sexo femenino de sentido común, ingenio y entendimiento para vivir en este mundo al igual que a la raza masculina».
Esta frase, que nos recuerda una vez más que el feminismo no lo inventamos ni ahora ni hace cien años, la leyeron todas las personas que se hicieron en su momento con el Planeten-Calender de Salome Schimpferin, una de las pocas mujeres calendaristas de las que sabemos algo. Es, eso sí, muy poco: era de Halle y había dejado la escuela a los 12 años (que llegase a ir era una señal de que posiblemente fuese de buena familia). Por consejo de su primo Bartolomeo, se inició, como él, en la astronomía, un campo que en aquella época era bastante lucrativo gracias, precisamente, a los almanaques.

Un dato significativo: en el siglo XVII, los almanaques —libros llenísimos de información astronómica, astrológica y climatológica con pronósticos más o menos atrevidos y consejos para la vida— eran, después de las biblias y los catecismos, la tercera categoría que más producían las imprentas de los países de habla alemana. Pero no se trataba de una peculiaridad centroeuropea: también en lugares como Inglaterra o España la circulación de estos libros era enorme. Había autores estrella y almanaques que se traducían y había también quien, para no dejar ningún nicho de mercado sin explotar, no se limitaba a un almanaque y publicaba obras destinadas a distintos tipos de público usando distintos nombres.
El ejemplo más extremo de esto es Gottfried Kirch, un señor que llegó a tener 18 pseudónimos. Uno de ellos era Sibylla Ptolomaein, a quien presentaba como «una gitana de Aljandría» y cuyos almanaques se publicitaban como los únicos hechos por una astróloga egipcia. A Kirch, que llegó a ser un científico de renombre y muy respetado, le venía muy bien esa atomización de identidades: en su época, la segunda mitad del siglo XVII, la astronomía y la astrología ya empezaban a separarse. Él quería el prestigio científico de lo primero, pero lo que vendía más era el sensacionalismo de lo segundo. Nada como inventarse a una astróloga exótica para tener el rendimiento económico de un best-seller sin renunciar a su fama de astrónomo serio.
Pero volvamos a las calendaristas que sí eran personas reales y no la Carmen Mola del XVII. Unos cien años antes de Salome Schimpferin, ya firmaba almanaques también Magdalena Zeger. De ella tampoco os puedo contar demasiadas cosas: nació, seguramente, en 1491 y en algún momento se casó con el astrónomo, médico y matemático Thomas Zeger. Como todo astrónomo de la época, Thomas publicaba sus almanaques llenos de pronósticos. Cuando él murió, en 1544, Magdalena continuó con el negocio desde Kolding. Sus almanaques, que mandaba a imprimir a Hamburgo, son los primeros que se conocen impresos en esa ciudad (se conservan solo los de 1561 y 1563, y no porque fueran preservados como algo valioso, sino porque se reutilizaron para cubiertas de libros).
Algo que sí sabemos de Magdalena es que era una persona muy culta, que sabía latín, matemáticas y astronomía. También que tenía dinero, posiblemente una de las razones por las que logró que en su epitafio pusiera que era experta en astronomía y no solo un viuda de o madre de. (Epitafios de mujeres ilustres que no consiguieron ese reconocimiento: el de la mismísima Jane Austen o, como os conté aquí hace justo un año llena de indignación, el de la activista norirlandesa Mary Ann McCracken). Magdalena Zeger tiene también un lugar fijo en la historia de la ciencia como autora de las primeras publicaciones independientes sobre astronomía firmadas por una mujer.
Vidas cruzadas

En ese mismo siglo XVII centroeuropeo en el que vivió Salome hubo otras mujeres que se dedicaron al negocio de las estrellas. La más conocida ahora es Maria Cunitz, nacida en 1610 en Silesia (ahora en Polonia) y autora de un libro, Urania propitia, en el que simplificaban y facilitaban los cálculos de la segunda Ley de Kepler. Al leer sobre ella (también publicó almanaques, claro), me interesaba sobre todo encontrar nexos de unión, momentos en los que se cruzó (o no) con sus contemporáneas. A Salome no la pudo conocer en persona porque —que sepamos— nunca pisaron los mismos lugares, pero quiero creer que sabían la una de la otra. Hay por lo menos algún texto de la época en el que se las destaca a las dos como mujeres que se dedican al arte de los calendarios. Y luego está Elisabeth Hevelius: no creo que se conocieran, pero diría que Cunitz fue para Hevelius un referente muy importante.
Os cuento la historia: el segundo marido de Maria Cunitz (el primero se murió) fue el médico, matemático y astrónomo Elias Von Löwen. Ella ya era una señora muy culta y muy lista (hablaba seis idiomas, sabía de matemáticas y medicina y muchas otras cosas más) y, con este nuevo marido, se volcó en la astronomía. La publicación de Urania propitia —prologado por él diciendo «esto es todo trabajo de Maria, no mío»— fue un éxito en la comunidad científica, y Maria y Elias se convirtieron en un matrimonio reconocido en el ámbito astronómico. Lo más importante además es que se sabía y aceptaba que tanto él como ella eran buenos astrónomos, no se veía a Maria como una ayudante o asistente. Una consecuencia de ese éxito fue que empezaron a cartearse con otros colegas europeos. Uno de ellos era Johannes Hevelius (este es un señor muy famoso, buscadlo si queréis).
Antes de cotejar datos, me imaginé a Maria y a Elisabeth siendo amiguísimas, hablando de sus cálculos astronómicos y de sus teorías sobre los planetas, juntándose para mirar por el telescopio. Pero luego busqué las fechas y esa pequeña fábula que me había montado se desmoronó: Maria Cunitz murió en 1664, solo un año después de que Johannes, un señor de 52 años, se casara con la jovencísima Elisabeth (16 años en ese momento, aunque conocía desde niña a su futuro marido, que le había enseñado astronomía; también Elias fue tutor de Maria antes de casarse, eran tiempos turbios). Además, la correspondencia entre Maria Cunitz y Johannes Hevelius había parado unos años antes.

Con esta información, podemos dibujar otra historia. Podemos, como especulan algunos académicos, intuir que el señor Hevelius aprendió gracias a las cartas de Maria y Elias que las mujeres podían ser tan buenas astrónomas como los hombres y que, además, estaría guay casarse con alguien con quien poder compartir pasión e investigación. A mí me gusta imaginar otra versión más independiente, me gusta visualizar a Elisabeth encontrando en el desván de su nueva casa las cartas de Maria Cunitz y diciendo: «yo también voy a ser una figura importantísima en la historia de la astronomía».
¿Lo consiguió? Aunque es más difícil separar sus contribuciones a la ciencia de las de su marido que en el caso de Maria Cunitz, se puede decir que sí. El propio Johannes se refería a Elisabeth como colaboradora y no asistente y alababa su talento matemático. Además, cuando se quedó viuda, completó y publicó el catálogo de estrellas Prodromus astronomiae en el que habían trabajado juntos.
Tiene un planeta con su nombre (de soltera), el 12625 Koopman, y un cráter en Venus (el Corpman). En ese planeta hay también un cráter que se llama Cunitz. Ahora estoy un poco triste porque Magdalena Zeger y Salome Schimpferin no tienen cráteres ni planetas ni estrellas que recuerden que ellas también miraron al cielo.
La información sobre Magdalena Zeger y Salome Schimpferin sale de sus entradas en el Biobibliographisches Handbuch der Kalendermacher von 1550 bis 1750.
La relación ente Maria Cunitz y Elizabeth Hevelius me la dio un artículo de Jarosław Włodarczyk.
También aprendí sobre Cunitz en Assessing Maria Cuntiz’s Urania Propitia, de Farah Wallauer, Anne-Marie Weijmans e Isobel Falconer.
El contexto sobre los almanaques me lo dio The Schreibkalender (writing calendar) of early modern German-speaking Europe, de Daniel Bellingradt.
Wikipedia también me ayudó.
El botiquín 💊
Las píldoras culturales que me han mantenido cuerda y feliz las últimas semanas:
🎶 No sé si os suena una tal Rosalía... Al margen de su LUX, que ni os enlazo porque ya lo tendréis en favoritos, para mañanas y tardes de frío y tranquilas os recomiendo mucho el último disco de Madison Cunningham y el de Tobias Jesso Jr. (aunque hay un momento tiroteo en el que sufrí por mis vecinos).
📚 No os voy a recomendar una novedad. Lo que vengo a recomendaros es Guerra y paz, que he retomado estas semanas y que me sigue gustando tanto como cuando leí la primera mitad (¿por qué no seguí? no lo sé).
📺 Me gustó mucho The Baltimorons (Navidad en Baltimore), de Jay Duplass (vedla hoy antes de que se acabe el periodo navideño, está en Movistar+). En cuanto a series, descubrí que Poldark, que no vi en su momento, está en RTVE Play. Es del género folletín de época con protagonista guapo, no sé qué más queréis.

¡Hasta aquí! Si queréis hablarme de vuestras agendas y calendarios nuevos o de mirar las estrellas o incluso de cómo lleváis este Día de Reyes ahora que no existe el derecho internacional o de las ganas que tenéis de volver mañana al trabajo, podéis dejar un comentario o contestar al mail o compartir en redes sociales y todo eso. Yo, como siempre, os agradezco muchísimo que estéis aquí y que no seáis fantasmas. ¡A seguir comiendo roscón!
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