Mis 25 cosas favoritas de 2025
¡Nos vemos en 2026!

1. Un año sin Spotify
Tuve mucho fomo este año cuando salió el Wrapped, no os lo voy a negar, pero lo cierto es que duró solo un día. Dejé Spotify a finales de 2024, creo, tras pensarlo mucho y, sobre todo, por un reportaje que leí sobre cómo colaban canciones hechas por IA en sus playlists. Por supuesto, que paguen a gente como Joe Rogan, que donaran 150.000 dólares a la fiesta de investidura de Trump o, más recientemente, los anuncios para fichar gente para el ICE, no hacen más que reafirmarme en mi decisión.
¿Adónde me fui? Primero a Tidal, donde estuve unos meses, hasta decidí que Jay-Z y Jack Dorsey tampoco son mis nombres favoritos, y me fui a Qobuz (¡son franceses!). Es más cara, pero pagan más a los artistas, incluyen contenido editorial (¡qué vintage! ¡personas humanas!), tiene calidad de sonido muy buena y, de momento al menos, no están relacionados con nada turbio. No hay pódcasts, vale, ¡pero existen mil apps gratuitas en las que escuchar pódcasts!
Especialmente desde que me mudé a Qobuz noto un inesperado y feliz efecto colateral: escucho y descubro música de forma más activa. Creo que es porque su algoritmo de recomendación no es el mejor —y tampoco es lo que quieren publicitar más—, por lo que me voy a sus playlists, creadas por personas y con canciones de verdad.
2. Retomé mi diario de lectura y le añadí citas
¿No os pasa que a veces veis a alguien hacer algo y os parece imposible, no os entra en la cabeza cómo se organiza, cuál es el secreto? Y no me refiero a cosas de verdad difíciles: para mí fue siempre un gran enigma cómo hacía la gente para recordar (¡eso creía yo!) citas de libros. Porque yo a veces subrayaba, pero no iba más allá. Esas líneas quedaban escondidas entre las páginas para siempre. En mi defensa, os diré que tampoco me había planteado nunca cuál era el truco de esas personas con citas siempre a mano. Porque, por supuesto, es fácil.
Ya en 2024 me sentí bastante comprendida leyendo este texto de Brandon Taylor sobre cómo empezó él a tomar notas de libros, y además hice un reportaje sobre gente que apunta cosas en las propias páginas de lo que lee. 2025 lo empecé leyendo un libro académico sobre los commonplace books y otro sobre la historia de los cuadernos. Lo hice todo así, poco a poco, sin darme cuenta de que ese interés mío algo repentino en cómo lee la gente (¡tema fascinante!) tenía que ver con esa duda tonta sobre cómo quedarme con frases que me gustan. Os alegrará saber que ahora soy de esas personas. Mi complejísimo método: cuando subrayo algo, apunto el número de página al principio del libro. Al acabarlo, repaso lo subrayado y copio lo que más me gusta o llama o interesa en mi diario de lectura, que de pronto ocupa muchas más páginas.
Requiere su tiempo, claro, pero es un tiempo casi de meditación. Además, como dice Taylor en su texto como respuesta a cuando le preguntan si este proceso no lo ralentiza todo:
«¿Por qué la velocidad se toma como una especie de virtud de facto? Sabemos que muchas cosas que se hacen rápido pueden ser una mierda. Las cosas hechas con lentitud también pueden ser una mierda. La velocidad no es útil a la hora de determinar la calidad o eficacia de nada a menos que lo que busques sea rapidez».
3. El concierto de Bright Eyes en Santiago
Al día siguiente, escribí en mi diario:
«Las 12:38, debería ir saliendo, pero quiero contar la felicidad que fue ver ayer a Bright Eyes en la Capitol. Esta mañana busqué en Livejournal y descubrí que fue hace exactamente 20 años cuando me enamoré de ellos e iba casi corriendo a la playa <3».
La felicidad me duró varios días. Como repetí varias veces durante esos días y semanas y meses para explicar lo que significan Bright Eyes para mí, el verano de 2011 lo pasé en Viena por ellos, para verlos tocar en un concierto al que fui con gente desconocida y del que salí diciendo que había sido el mejor concierto de mi vida.
Ser fan, para mí, incluye en algunos casos la preocupación por la salud de las personas responsables de esas canciones que me han ido dejando marquitas en una piel imaginaria. Con Conor Oberst he sufrido mucho a lo largo de los años, por su alcoholismo, por sus sustos, por las cancelaciones de giras. Los meses anteriores la concierto, vivía cada clip que aparecía de ellos en las distintas ciudades de sus giras estadounidense y europea con una mezcla de alivio, alegría y temor. «Que llegue así, con esa buena voz, con esa pinta de sano, con ese vaso de agua, a Santiago», me decía (menos de un año antes habían cancelado por problemas de salud suyos). Y llegó y yo fui la persona más feliz del mundo durante unos días.
4. Dept Q
A veces todo lo que necesita una es una buena serie policiaca ambientada en Edimburgo con Matthew Goode como protagonista. Aunque me costó un poco al principio porque creo que el estado normal de su pelo no es desaliñado y me imaginaba a las pobres personas de peluquería despeinándolo con esmero tras cada toma, enseguida me acostumbré. Está en Netflix y la han renovado para una segunda temporada. (No es tan buena como Slow Horses, pero sí igual de satisfactoria).
5. Songs for Other People’s Weddings
Hace unos años, me entrevistaron como experta en Jens Lekman en un programa de radio y me sorprendí a mí misma mientras hablaba con la fluidez propia de quien lo sabe (casi) absolutamente todo sobre algo. Años de escuchar sus canciones, de admirar su web, de leer su blog aunque no lo publicite en ningún sitio (hay que visitarlo de forma intencional como hacíamos hace dos décadas; yo tenía una pestañita en el navegador con las webs de mis grupos favoritos y cada día hacía una ronda por si había novedades); años, en definitiva, del minucioso pero siempre feliz trabajo de ser fan hicieron que no necesitara ninguna explicación cuando anunció su disco de este año: claro que sabía que tocaba en bodas de fans que se lo proponían. Un disco conceptual inspirado por esta experiencia era un paso lógico y, para mi alegría, es un disco muy Jens Lekman. (También coescribió una novela que acompaña al disco con su amigo David Levithan, pero no la tengo aún. A lo mejor no soy tan buena fan).
6. Possession, de A. S. Byatt
A principios de año leí Bibliophobia: A Memoir, de Sarah Chihaya, donde decía que lo que había tenido con Posesión había sido un crush, que se había enamorado del libro antes de leerlo (y lo comparaba con el crush que tuvo Emma con Frank Churchill en la novela de Jane Austen, referencia que aplaudí con alegría). Yo había oído hablar ya de Posesión y tenía también ese enamoramiento previo inevitable si tu ideal de libro es «una experta y un experto en literatura victoriana inglesa se enamoran mientras investigan a dos poetas victorianos que posiblemente hayan tenido una historia de amor de la que nadie sabía nada». Cuando por fin leí el libro, me dio todo lo que prometía (no voy a hacer más referencias a Emma para no destripar nada): bibliotecas, libros polvorientos, viajes a la costa, rencillas entre académicos y coleccionistas de libros, una escena en un cementerio, la obra de esos poetas victorianos (de ficción) en forma de poemas, relatos, cartas y diarios, y un final redondo, de esos en los que los cabos no solo se atan, sino que se rematan en un bonito lazo. Si esta cita te atrae, lánzate de cabeza:
—Es que leyendo las cartas publicadas de una escritora, leyendo su biografía, queda siempre una sensación de que falta algo, algo en lo que los biógrafos no entran, lo auténtico, lo vital, lo que realmente tenía importancia para la propia poeta. Siempre hay cartas que se destruyen. Y suelen ser las importantes.
De la traducción de María Luisa Balseiro.
7. Este vídeo de The Sexiest Tallest Man on Earth
Descubrí el vídeo en algún momento de 2024 o incluso 2023 y lo tuve unos días en bucle. Este año volví a él, en los primeros segundos preguntándome por qué había estado tan flipada con él. Pero entonces empiezan a tocar los músicos que tiene detrás y Kristian Matsson se pone tan, tan contento —casi como si no hubiese ensayado, como si no supiese lo bien que iban a sonar— y de una forma tan contagiosa que me resulta imposible acabar el vídeo estando triste.
8. Mi temporizador

En épocas en las que necesito concentrarme pero mi cerebro no está por la labor, giro la ruedecita superior de este aparatito, me marco un mínimo (a veces incluso 15 minutos) y, mágicamente, soy capaz de trabajar ese tiempo estipulado sin perderme por los recovecos de internet. Sé que no descubro nada, que ya la técnica Pomodoro nació en un dispositivo físico, que hay mil webs y apps para esto (Forest y Focus Friend son mis favoritas), pero me funciona mejor tener este pequeño artefacto, que además es suave y es bonito.
9. La libreta de Kris
Cuando era adolescente, tenía siempre una libreta en la que hacía escribir a mis amistades. A veces eran simples firmas o anotaciones por compromiso, pero en otros casos nos las intercambiábamos y era una especie de correspondencia que se quedaba completa en un mismo cuaderno. A finales del año pasado vi que tenía una que no era mía, sino de mi amiga Kris, y cuya última anotación era de febrero de 2005 (y la última frase era «Quiero hacer tantas cosas», con lo que de verdad me alegro mucho de haber sobrevivido a ese invierno en Praga). Escribí una nueva carta y se la devolví a Kris justo antes de su cuarenta cumpleaños. Me la dio (con nuevas firmas de todos los asistentes a su cumple y una nueva carta para mí) poco después. El nuevo intercambio iba a ocurrir ayer, pero me olvidé (sí, Kris, lo siento). Si no tenéis una libreta compartida con vuestras amigas, lo recomiendo mucho.
10. Soy una persona que a veces habla en público
«¿Y qué?», diréis, pero a mí me sigue sorprendiendo. Empezó ya en 2023, cuando Raquel, Meri y yo publicamos nuestra Emma anotada en Sushi Books y hubo que presentarla; hubo un acontecimiento álgido en 2024, cuando di yo solita una charla sobre mi amiga Virginia (Woolf, por si no me conocéis tanto) en Libraida, y continuó este año con más hablar sobre Jane Austen por su aniversario y acompañando a Raquel a presentar su libro. Sé casi tanto de estas autoras como de Jens Lekman.
11. Spiders, de Lola Young
Es, creo, mi canción preferida de este año: tiene vozarrón, intensidad que va in crescendo, guitarras que me obligan a cerrar los ojos (en mi idiolecto esto es una descripción precisa y técnica, no me hagáis profundizar) y ese algo indescriptible que hace que quiera escucharla una y otra vez.
12. Hacer crucigramas
Mi abuela compraba siempre el Quiz y lo hacíamos con ella, una revista que luego solo comprábamos cuando mi padre estaba en el hospital. A los crucigramas de los periódicos no les hice mucho caso hasta que un día en 2024 me enteré leyendo a la Defensora del lector en El País de que, tras un rediseño del periódico que cambió de domingo a sábado el crucigrama blanco, habían recibido muchas quejas de gente que creía que lo habían eliminado. Me dije que esa pasión tenía que ser por algo, así que, yo también, empecé a hacer ese crucigrama. Ese y otros: dejo el periódico en la barra que separa mi saloncito de la cocina y, mientras hago la comida, voy rellenando casillas. Me siento un poco como personajes de series inglesas ambientadas en los 50-60 (Endeavour y Ben Whishaw en The Hour son mis referencias y se me pasa el tiempo de espera mucho más rápido; aún no he encontrado en ninguno de esos pasatiempos pistas para resolver ningún crimen, pero no descarto nada).

13. La foto que abre esta carta
Fue un día de verano. Salí de casa de mi madre en Borreiros para volver a la mía en Vigo y, en el primer cruce, me encontré con esta fascinante estampa: un caballo (una yegua, en realidad) feliz comiendo de esa frondosa maleza. Paré el coche, nos miramos, le dije «hola», nos miramos un poco más y siguió comiendo. Saludar a animales desconocidos es algo que siempre me alegra el día. Normalmente son gatos a los que intento acariciar y luego coger en brazos, pero está guay encontrarse con otros seres vivos con los que compartimos entorno. (El otro día allí mismo había un carnero muy concentrado en intentar llegar a unos contenedores que hay al lado).
14. Escribir con pluma
¡Mi primera pluma! Fue un regalo de cumple que tardé un poco en atreverme a usar, pero enseguida decidí que sería lo que usaría para mi diario. Creo además que mi letra es mejor o más estilosa cuando escribo con mi plumita y me siento un poco mejor, algo más guay, para qué negarlo.
15. Tuve frambuesas

Cada verano, el huertito de mi balcón da cinco o seis fresas. Este año, por primera vez, la planta de frambuesas que lleva un par de veranos allí también me regaló unos pocos frutos perfectos. Quizá sea por ser tan únicas, por haberlas esperado a cada una de ellas con emoción, asomándome a ver si ya la puedo coger o si debo esperar otro día, con miedo a que algún pajarito decida antes que yo que la frambuesa ha alcanzado su punto perfecto de madurez o por saborearlas con toda la calma del mundo, pero creo que nunca he comido frambuesas más ricas.
16. Proxectar
¿Un festival de diseño con invitados internacionales en pleno Val Miñor? Lo organizó Andrés Fraga (mi primo) en un mes y fue un exitazo de crítica y público. No sé si alguna vez os preguntáis la historia del objeto que tenéis en las manos (¿quién lo diseñó? ¿cómo? ¿qué decisiones fue tomando?), pero es algo fascinante. Habrá edición de 2026.
17. Euro-Country
Otro de mis discos favoritos de este año es el de CMAT, una de esas sorpresas salidas no se sabe bien de dónde (bueno, sí, de Irlanda) que de pronto tienes en bucle todo el rato. Mi canción favorita es Lord, Let That Tesla Crash, que te atrae con ese título y luego te ataca con tristeza.
18. Me fui de X
Esto lo hice ayer, así que técnicamente aún puedo arrepentirme, pero no quiero. Estaba ensayando en mi cabeza un parrafito sobre cómo, aunque se me hinche el pecho hablando de haberme ido de Spotify o de no haberme pasado a Substack, en realidad me queda todavía mucho camino por recorrer. «Sigo con mis datos y mis cuentas en los lugares oficiales del mal, Meta, Amazon y Twitter», iba a escribir. Al momento me pregunté qué demonios hacía todavía en Twitter, si no actualizo desde hace un año y le he puesto candado a la cuenta. Así que, aprovechando que OT ya acabó y no tengo la tentación de ver tuits relacionados, di ese pasito extra.
19. ¡Fui portada de Archiletras!

Fue con un reportaje sobre el lenguaje y el cerebro que me causó muchos quebraderos de cabeza, pero que me hizo mucha ilusión ver publicado, porque estas cosas siempre hacen ilusión (en 2024 tuve otra portada con un reportaje entretenidísimo sobre la lengua (el órgano)).
20. Esta taza

Suelo tener una taza preferida, que me alegra los desayunos y el café hasta que un día me despisto y la dejo al borde de un precipicio. Entonces estoy en la cama y oigo ese sonido inconfundible de taza-siendo-empujada-poco-a-poco-por-una-patita-de-gata. Intento llegar a tiempo, pero normalmente la tragedia ya se ha producido cuando entro en el salón. Lo bueno es que, gracias a eso, puedo decir que necesito una nueva taza favorita. Esta me la regalaron Rocío y Sergio hace unos meses y todavía sobrevive.
21. Amigas, reencuentros, cenas, meriendas, películas
¿Se repite todos los años, incluso varias veces al mes? Sí. ¿Es siempre de mis cosas favoritas? Por supuesto. A veces toca ponerse al día (¡nadie está a salvo!); otras jugar al trivial o a un tarot literario; luego está la tradición de peli francesa (no siempre) con Cris y Juan. Hay gente a la que veo más y gente a la que veo menos y siempre siempre siempre es insuficiente.
22. Este parrafito de Kate Lindsey
Es de su niusléter Embedded (que sí, está en el sitio malo). Nunca sé cómo tomarme este tipo de textos que son, al final, un poco una acusación, como si nuestras horas de smartphone fueran un problema puramente individual y no hubiese gente invirtiendo mucho dinero para conseguir que estemos atrapadas. El post completo es consciente de esto, pero también da un tironcito de orejas. El párrafo que copié es este:
Boredom is when you do the dishes, run the errand you’ve been putting off, respond to the text you’ve left on read. Boredom is when you bring a book to read on the subway or make small talk with the person in front of you in line about how slow the pharmacy is. Boredom is when you do the things that make you feel like you have life under control. Not being bored is why you always feel busy, why you keep “not having time” to take a package to the post office or work on your novel. You do have time—you just spend it on your phone. By refusing to ever let your brain rest, you are choosing to watch other people’s lives through a screen at the expense of your own.
[El aburrimiento es cuando lavas los platos, haces el recado que has estado posponiendo, respondes al mensaje que has dejado en leído. El aburrimiento es cuando llevas un libro para leer en el metro o charlas con la persona que está delante de ti en la cola sobre lo lenta que es la farmacia. El aburrimiento es cuando haces las cosas que te hacen sentir que tienes la vida bajo control. No estar aburrido es la razón por la que siempre te sientes ocupado, por la que continúas ‘sin tener tiempo’ para llevar un paquete a correos o para trabajar en tu novela. Tienes tiempo; pero lo pasas en el móvil. Al negarte a dejar que tu cerebro descanse, escoges ver la vida de otras personas en una pantalla a costa de la tuya propia].
(Traducción mía; pido perdón a todas las traductoras suscritas a este boletín).
23. No sé cuántos libros he leído este año
En 2024, dejé de actualizar Goodreads y empecé a compartir mis lecturas en Instagram y Bluesky (porque a mí me gusta ver lo que leen los demás; de hecho, se lo copié a Itziar). Por inercia, cada actualización la acompañaba del número de lectura correspondiente, dejando claro así si era el sexto o el vigésimo libro del año. En 2025 decidí dejar de hacer ese recuento tan constante, que me recordaba siempre que llevaba menos libros de los que quería (¿no es absurdo querer medir todo lo que hacemos?), y compartí igual pero sin número. Por supuesto, si quiero saber cuántos libros he leído, puedo contarlos (y lo he hecho en más de una ocasión este año), pero creo también que me estoy desprendiendo de esa costumbre que muchas veces hacía que me sintiese culpable.
24. Volver a anotar
Cuando hace dos años anotamos Emma, descubrí una especie de vocación oculta, algo en lo que me encanta pasar el tiempo: leer una novela antigua, marcar detalles que quiero investigar, leer mil artículos académicos, redactar una notita al pie (¿os he hablado alguna vez de cómo se limpiaba el papel pintado en la Regencia? Preguntadme). Este año volvimos a hacerlo: otra novela del siglo XIX que estamos escrutando y analizando. Estamos en ello, pero cuando haya noticias las compartiré por aquí. Mientras tanto, podéis preguntarme por los escritorios portátiles georgianos y victorianos, por los impuestos que había que pagar por las velas de cera en Inglaterra en la primera mitad del XIX o por la (i)legalidad de los duelos.
25. El volumen del tiempo (I), Slovej Balle
En febrero leí el primer libro de este extraño proyecto protagonizado por una mujer que está atrapada en un bucle temporal, repitiendo el 18 de noviembre una y otra vez. Serán siete tomos, de los que ya se han publicado seis en danés. En castellano están traducidos los dos primeros (por Victoria Alonso para Anagrama). Como ahora soy de esas personas, ¡os puedo poner una cita!
«Llevamos en nosotros lo impensable todo el tiempo. Ya ha sucedido: somos inverosímiles, procedemos de una nube de increíbles coincidencias. Sería lógico pensar que semejante saber debería representar para nosotros al menos cierto pertrecho a la hora de afrontar lo inverosímil. Pero por lo visto sucede lo contrario. Nos hemos acostumbrado a vivir con ello sin sentir vértigo cada mañana, y en lugar de movernos vacilantes, con precaución, en un asombro continuo, vamos por la vida como si nada hubiera pasado, subestimamos lo extraordinario, y el vértigo solo aparece cuando la existencia se muestra como lo que es: inverosímil, imprevisible, extraordinaria».
Slovej Balle (trad. de Victoria Alonso, El volumen del tiempo (I))
¿Estáis con ese vértigo y esa maravilla ante lo inverosímiles que somos? Creo que es un buen momento para soltaros el brazo. Que tengáis un 2026 lleno de momentos de asombro, aburrimiento y curiosidad.
(¡Contadme vuestras cosas favoritas de este año que se acaba!)
-
Disfrutei moito esta publicación. Qué boa maneira de acabar o ano!!
-
Me he anotado varias recomendaciones. Gracias por tus Newsletters, siempre me alegran. Te recomiendo las pelis danesas de Departamento Q (los libros no los leí pero tengo ganas) . Mis favoritas son Profanación y Expediente 64. Misericordia sería la primera temporada de la serie. ¡Un besiño y feliz año!
-
Jo, qué guay todo. Me quedo con lo de las citas, siempre he pensado eso de «qué guay la gente que da una charla o escribe un artículo y tiene unas citas perfectas, ¿cómo lo harán?». Supongo que es obvio cómo lo hacen y la pregunta es… ¿cómo podría hacerlo yo? Veremos si sigo tu camino! Feliz 2026, Mrs! 🥂
-
LOVE Possession by A.S. Byatt. I read it about 10 years ago and would love to revisit it one of these days.
Also, the description "guitarras que me obligan a cerrar los ojos" made me so, so happy. See also "Night Shift" by Lucy Dacus. I was planning to add "Stay for Something" by CMAT to the list, then saw the Euro-Country mention, to which I will just say: yes. YES, YES, YES.
¡Feliz año nuevo, Ana!
Añadir un comentario: