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Alba G. Mora

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30 de julio de 2025

Souvenirs de Japón

Cosas que me traje de Tokio y Kioto mientras pedía perdón

En 2023 obtuve el título de primera persona de mi familia en sacarse el pasaporte. Lo celebré más que cuando me saqué la carrera o fui a por el diploma del máster en el que una catedrática que tenía su casa decorada con espadas me hizo llorar. Entré en la oficina de pasaportes de la Policía Nacional de L’Hospitalet de Llobregat sonriendo a los policías de la puerta, diciéndoles que necesitaba un pasaporte porque me iba a Japón, como si a ellos les importara la vida de nadie jaja. Hasta que me subí al avión pasaron ocho meses en los que me aferraba a la idea de que iría al país con el que llevaba soñando toda mi vida; si me enfadaba o me ponía triste, pensaba en que pronto estaría en Shibuya o por ahí, y cada vez que me preguntaban adónde me iba de vacaciones y respondía que a Japón, lo decía bajito, con vergüenza por viajar tan lejos, aunque mi madre lo contara con cierto orgullo: «la niña se va a Japón» (creo que nunca ha dicho «la niña tiene una carrera»).

Una vez en Tokio, después en Kioto, me dediqué a hacer fotos, registrar sonidos y vídeos –el de arriba lo grabé con una Panasonic SDR-H40 que llevaba un tiempo utilizando y con la grabadora del móvil–, a llorar,1 beber café, a pasear con la boca abierta (eso lo hago en cualquier parte en realidad), a guardarme papelitos, servilletas, tickets y todo tipo de cosas que me iba encontrando. Disfruté muchísimo del bullicio ordenado, de las estampas de verano que creía que solo salían en las pelis, de la comida preparada de los 7-eleven, del silencio, del ruido, de la musiquita que hay en todas partes y de la educación generalizada. Experimenté lo que era no tener ansiedad en el transporte público, o pasear tranquila rodeada por el graznido de los cuervos, y sumimasen se convirtió en mi palabra favorita porque sirve un poco para todo y porque llevo el «perdón» por bandera. También investigué, mientras me comía unos pepinos encurtidos tumbada en un tatami de un ryokan muy barato, la forma de conseguir la nacionalidad japonesa. Estaba, está, complicado, así que volví a mi pisito de L’Hospitalet y me dediqué a volverme loca. Esparcí por el suelo todo lo que me traje, como en las pelis de detectives, para escanearlo, y olvidarme durante un rato de que vivía en el piso con los vecinos más ruidosos del mundo. Era algo que llevaba meses sufriendo, pero el contraste con el silencio que había experimentado durante mi estancia allí –algunos de los hoteles a los que fuimos estaban insonorizados–, me hizo darme cuenta de que tenía que tomar una decisión y de que no podía seguir viviendo en un sitio que me había llevado a sufrir alucinaciones auditivas (este episodio «depalmesco», si te parece, lo dejo para otra newsletter).2 Estaba claro que las vacaciones me habían salido caras en todos los sentidos. Por suerte, cinco meses después pude mudarme y, una vez más, mi madre, con sus frasecitas –que primero me sacan de quicio–, me ayudó a quitarle hierro al asunto: 1. «y qué hacemos, chica», 2. «todo no se puede tener», 3. «da gracias que has nacido aquí», 4. «Japón no se va a ir a ningún sitio».3 Así que empecé a ahorrar para la siguiente visita (de la que te hablaré en unas semanas si todo va bien y me apetece escribir).4 Ahora te dejo con la razón que me ha llevado a escribir esto, los souvenirs que me traje de mi primer viaje a Japón:

Una servilleta de una cadena de cafeterías que hay allí y el papel de un cono de helado de matcha que me comí a la salida de un templo. Es como si un japonés viene a Barcelona, se lleva la servilleta de una Jijonenca o un 365 –que es una cadena de cafeterías que ha conseguido poner una cafetería en cada esquina–, y se tira cuatro meses llorando cada vez que la ve.
Seguimos con el rollo 365, pero qué bonito el logo, ¿eh? Aquí nos pedimos un flan de dibujo animado y dos cafés a las siete de la tarde (lo único bueno del verano para mí es que a veces estás de vacaciones y te puedes tomar un café sin importar la hora).
Una servilletita de un restaurante de Shibuya en el que sirven omuraisu (tortilla francesa rellena de arroz blanco) y de una cafetería de Kioto llamada Zou.
Servilletita de la cafetería Dorsia en Kobe diseñada por Masanao Hirayama y ticket de la librería Cow Books en el barrio de Nakameguro en Tokio. Ahí es donde compré el libro que terminaría siendo la cubierta del fanzine que hice para la librería Terranova (una de las cosas que más me ha gustado hacer). Y aquí algunas fotos que hice en un centro comercial de Kobe como bonus track.
¿Te suena? ¡No creo! Son tres de las entradas a sitios que utilicé para la cubierta y guardas de mi fanzine Peep Meadia. Ese primer viaje dio de sí.

Espero que te hayan gustado todas estas cosas y que si viajas o te quedas en casa, te lo tomes un poco con más de calma que yo (que no es difícil). Nos vemos pronto, pero si no,

¡¡¡sumimasen!!! T_T

Alba G. Mora

1

La primera vez que lloré en Japón fue cuando pillamos un tren que nos llevaba desde el aeropuerto hasta el barrio de Ginza y pude ver, también por primera vez, los barrios residenciales de Tokio. En ese momento llovía mucho y el contraste de la megafonía alegre del tren, el silencio de los pasajeros, y el paisaje de una tarde de verano pasada por agua, me emocionaron muchísimo. Creía que nunca iba a poder viajar tan lejos ni ver cosas así con mis propios ojos.

2

Fueron meses de HORROR, pero por lo menos me sirvieron para escribir un relato que apareció publicado en la antología Gótico urbano de la editorial Horror Vacui.

3

Mi madre es mucho más sabia que la catedrática de las espadas.

4

He pensado que, durante el mes de agosto, te hablaré de las cosas que me he pillado aquí y allá. No sé si es algo que puede interesarte, pero a mí me divierte la idea.

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