Souvenirs de Berlín
La primera vez que fui a Berlín lo hice con mi novio del momento y un abrigo amarillo pollo del Zara que había comprado porque estaba rebajado y costaba 10 €. Después de dos minutos por el centro de Berlín me di cuenta de mi error: todo el mundo vestía de negro. Me sentía tan insegura. No tenía claro quién era como persona y tampoco me había construido un personaje, o sí, pero no era consciente de él. Intentaba gustarle a mi novio de la época, supongo que ese era mi personaje y mi persona.
Volví a Berlín años después y varias veces para visitar a mi amiga Karla. Lo nuestro empezó, aunque parezca mentira, gracias al trabajo. En 2023 le propuse recopilar algunos de sus fanzines en un libro, le pareció buena idea y en 2024 se publicó Ratas, un cómic del que estoy superorgullosa. Pero la primera vez que nos vimos fue en Barcelona, donde tardé menos de lo que tarda una en darse cuenta de que en Berlín todo el mundo viste de negro en ser consciente de que seríamos amigas para siempre. Esta última semana de agosto la he pasado con ella, hablando de cosas importantes en su cocina de color rosa, preparando su próximo cómic y comiendo unas patatas al horno diminutas a las que ella llamaba «cucarachias». Uno de los temas que suele aparecer cuando estamos juntas es la recepción que tiene su trabajo: muchas de las personas que han llegado a sus cómics hablan de las historias que se cuentan como si le hubieran pasado a Karla, asumen que el personaje es la persona (me pregunto si pasaría lo mismo si el cómic lo firmara un tío). Repasando las páginas que ha dibujado en las últimas semanas, vi un cambio bastante importante en el personaje de sus cómics y ella me dijo: «es que ya estoy cansada del personaje de Ratas, el personaje no soy yo, pero ya no me representa en este punto de mi vida». Y yo nos imaginé arrastrando un saco lleno de personajes, ¡como si ser persona no fuera suficiente! ¡Qué lío!1
A raíz de eso, también volvió a salir el tema de crear con el corazón, que es clave para mí porque es la única forma en la que puedo ser honesta conmigo misma a pesar del personaje al que saco a pasear de vez en cuando. Creando así también puedo escribir lo que quiero escribir y no lo que otros esperan que escriba o lo que se supone que funciona mejor; además, no sé crear de otro modo. Por eso me pone tristísima cuando alguien utiliza la IA para «escribir» por aquí –o donde sea– o para dejarme un comentario en mis publicaciones. Aunque si te paras a pensarlo, tiene sentido que las personas que no hacen cosas con el corazón piensen que pueden sacar tajada con algo como esto o que nadie se va a dar cuenta de que se nota muchísimo que han utilizado la IA, pero yo me doy cuenta de todo… ¡Qué poco queda ya de esa preadulta que fue a Berlín con un abrigo amarillo!
En fin, perdón por el calentón. Ahora, los souvenires de Berlín, los últimos de esta serie. Son dos libretas que alguien había dejado en la repisa de una ventana junto a varios libros de filosofía. Las libretas son de un tal Daniel Mondry que intentaba aprender inglés, pero se rindió rápidamente porque solo están escritas las primeras páginas. Las utilizaré para mis ejercicios de japonés (espero no rendirme nunca). Dentro de la libreta de color verde había un recorte con una foto de una explosión ¿? que me gustó mucho, es como si ilustrara el fin del verano y la vuelta al trabajo.
Te mando un abrazo de todo corazón,
Alba G. Mora




