Posesión infernal
Todo empezó con Chucky. O es lo que me gusta pensar. Como he escrito alguna vez, fui una niña no supervisada, así que me tiré toda mi infancia viendo cosas que no eran apropiadas para mi edad. Una de las muchas razones para que pasara eso tenía que ver con que mi madre me percibía como a una niña de 150 años muy responsable, por eso nunca hubo normas ni castigos y todas las estanterías del videoclub estaban a mi alcance. Es lo mejor que me podría haber pasado, no concibo a la(s) persona(s) que soy hoy sin la niña Mowgli que fui.

Chucky. El muñeco diabólico (1988) empieza con la persecución al asesino en serie Charles Lee Ray (interpretado por Brad Dourif <3). Mi amigo Charles intenta huir de la policía escondiéndose en una juguetería, allí le disparan y, a punto de morir, transfiere su alma a un muñeco. Lo hace utilizando un cántico, el «Damballa Chant», que me sabía de memoria porque intenté varias veces transferir mi alma a cualquier cosa que tuviera a mano: mi oso Willy, un perro de peluche que me encontré en la calle, un botón que por algún motivo no soltaba. Desde entonces me ha fascinado todo lo que tiene que ver con el más allá, las historias fantásticas y de terror, con las posesiones, los exorcismos, los fantasmas y las médiums. Para mí es una forma de consuelo: todo lo que hay no es todo lo que vemos. Hay muchas capas, como en las historias que contamos. Y a raíz de la escritura de la novela de marras me he visto repitiendo, como si fuera un cántico vudú, que la escritura es una forma de posesión (también la traducción).
Y supongo que eso explicaría por qué ayer sentí más bien poco al ver por primera vez una copia física de mi novela.1 Estaba ahí, encima de una mesa en la oficina de Blackie Books, con mi nombre en la cubierta y mi foto en la solapa, pero aun así no la sentí muy mía.2 Y eso que fueron meses y meses de escritura, reescritura y edición. Pero también de pura enajenación y de no saber muy bien si estaba consiguiendo volcar todo lo que sentía y todo lo que quería que la novela fuera. Como decía antes, al igual que la realidad, mi novela está formada por varias capas formadas a su vez por pequeñas lagunas que me inquietan, por encuentros y coincidencias que hacen que me maraville la magia de la creación, por aquello que surge cuando intentamos darle forma a algo mientras no estamos mucho en nuestros cuerpos.
Y eso me lleva a querer contar algo que pasó pocas semanas antes de que terminara de escribir la novela. En mayo tuve la oportunidad y la suerte de ir a Santa Cruz de Tenerife para impartir un taller de dos días de fanzines. Estando allí visité un mercadillo y en una mesa llena de libros viejísimos, me llamó la atención uno titulado Seth Speaks de Jane Roberts. Me gustó el título, la cubierta y, sobre todo, las imágenes del interior. Lo compré por 1 € y lo empecé a leer esa misma noche de vuelta a Barcelona. En las primeras páginas –y resumo todo mucho– Jane cuenta que su «iniciación psíquica» se produjo una tarde en la que se sentó a escribir poesía y las palabras empezaron a fluir de forma automática; según ella no podía controlar las manos. Eso la llevó a experimentar con la Ouija junto a su marido. En una de esas tardes de actividades en pareja contactaron con una energía o entidad llamada Seth que empezó a poseer el cuerpo de Jane y a escribir, a través de ella, lo que más tarde se convertiría en Seth Speaks, una especie de guía espiritual que toca temas como la reencarnación. En la cubierta de la edición que yo tengo pone: «SETH… una “personalidad” de otro mundo toma “prestado” el cuerpo de la médium espiritual Jane Roberts». Guardé el libro en una estantería y quedó oculto entre otros tantos que tengo pendientes. El día antes de tener que entregar el borrador final de la novela yo estaba más desquiciada que nunca porque se me estaba resistiendo un capítulo importante del libro, uno de esos capítulos que yo percibía como la guinda del pastel. Estaba dando vueltas sin parar por la habitación, que es pequeña, y tenía un dolor de garganta increíble de tanto leerme en voz alta (luego supe que además tenía covid).3 En una de esas vueltas sobre mí misma, me acordé de Seth Speaks, lo cogí, lo puse encima del escritorio, le eché un vistazo, me vinieron a la cabeza algunas imágenes y volví al capítulo como si nada. Poco después di por terminada la novela. Me hizo gracia que un libro como ese activara algo.
Y aunque de pequeña no consiguiera transferir mi alma a un botón o presenciar una posesión infernal, me hace gracia esta sensación de que el círculo se ha cerrado, de que mientras escribo estoy un poco poseída, de que de alguna forma mientras escribo estoy en contacto con una realidad que no es esta, donde de vez en cuando pasan cosas mágicas e inexplicables.
Nos vemos pronto,
Alba G. Mora.

Pero sí me emocioné, y mucho, cuando por la tarde le regalé un par de copias a dos amigos muy queridos, Jordi y Marc.
Puedo leer la misma frase unas quinientas veces por segundo.



