Nota biográfica
Mi vida entre cámaras y expectativas
Cuando era pequeña mi madre se endeudó por culpa de una casita para perros de peluche. En el último fascículo de la colección, te regalaban una cámara digital, que era lo que yo más quería en el mundo. Cuando fuimos a buscarla a Correos, recuerdo sujetar la caja y pensar: «saben que somos pobres y nos han timado, no pesa nada». Y, efectivamente, nos habían timado. La cámara era diminuta y tenía, como mucho, medio megapíxel; las imágenes que capturaba eran peores que las de las webcams de los locutorios a los que iba. Aun así fingí que me encantaba todo y que nunca crecería y que siempre llevaría a cuestas esa casa con todos esos perros. Mi favorito era el chihuahua porque era el favorito de mi madre.

El tiempo pasó, mi madre pagó la deuda –aunque la pusieron en una lista de morosos– y yo seguía haciendo fotos, pero con la Sony Cyber-Shot rosa de 7.2 megapíxeles que mi prima tenía. Hacía las fotos, me las pasaba al ordenador y las borraba para que no se diera cuenta de que usaba su cámara. También le hacía fotos a ella porque era alta y guapa y quería ser modelo. Con este hobby en mente y con el terror que me daba tener que hacer bachillerato con la misma gente con la que había hecho la primaria y la secundaria, decidí estudiar el Ciclo Medio de Laboratorio de Imagen para después hacer el Ciclo Superior de Realización de Audiovisuales. Todo cosas que nos iban a dar dinero fijo, por eso mi madre, que es una santa, dijo que adelante y yo conseguí entrar de pura chiripa en un instituto público. En aquel momento llevaba una réflex Nikon F70 con el agarre pegajoso que mi madre me compró en un Cash Converters de Sants (Barcelona). Hacía fotos espantosas que subía a Flickr esperando que alguien se fijara en mí (el nombre de usuario era algo en plan «Sur une bicyclette», jajaja). Fue una época divertida y triste a partes iguales, y estar encerrada en el laboratorio positivando imágenes me hacía perder la noción del tiempo y el espacio, algo que necesitaba desesperadamente.
También fue la época de mi obsesión por Gummo de Harmony Korine, así que me dediqué a plagiarla salvajemente durante un año. Nadie se dio cuenta porque uno de los profesores a los que más admiraba me dijo, después de ver mi trabajo final, que llegaría lejos y que tenía una sensibilidad muy especial. Me fui de clase deseando que nunca viese Gummo y validada por un hombre, que era algo a lo que estaba enganchada. En ese momento hacía prácticas en un sitio de mi barrio llamado Interfilm. Introduje la restauración de fotos antiguas –gracias a las clases de Photoshop en las que nos enseñaron a usar el tapón de clonar– y los retoques. Estaba contenta y me sentía realizada, creía que había alcanzado mi peak, como cuando quería ser directora de cine y mi meta era trabajar en un videoclub. Después llegó la revolución digital –en realidad antes, pero no me la podía permitir–, y el novio de mi tía me regaló una Canon EOS-450D con la condición de que hiciese rica a la familia (lo decía en serio, y me enternece pensar que en su cabeza la fotografía iba a sacarnos de pobres, pero esa alucinación colectiva hizo posible que siempre estudiara lo que quería en cada momento).

Nada de lo que me propuse o se propusieron los demás llegó a pasar y terminé en la carrera de Estudios Literarios. Fueron unos cuantos años de entumecimiento absoluto durante los cuales alguien me dijo: «no hagas tantas fotos, ¿es que no quieres estar conmigo?». Por eso cambié la cámara analógica por la del móvil y aprendí a reprimir las ganas de hacer fotos durante paseos con gente para que no pensaran que no les estaba prestando atención (tengo una lista mental de todas las fotos que quise hacer y no hice). De hecho, tuvo que pasar un tiempo hasta que volví a utilizar una cámara y tiene cierto sentido que ahora, que tengo una vida estable y feliz, prefiera las cámaras «point and shoot»: son cómodas, fáciles de usar y puedo sacarlas rápidamente en cuanto veo algo que me llama la atención. Ya no me tomo las cosas tan en serio, solo quiero pasármelo bien con algo que me apasiona desde los tiempos de los perros de peluche. Por su parte, mi madre sigue pensando que puedo hacer rica a la familia, aunque me pregunte a diario si necesito dinero.
Nos vemos pronto,
Alba G. Mora.
Si quieres ver mis fotos, puedes visitar mi web donde iré subiendo poco a poco algunas de las que he ido haciendo en los últimos años. También tengo Instagram, pero es un rollo porque comprime y recorta las imágenes como quiere.


