Los regalos que me hizo
Terminé un relato con esta frase: «Es probable que hubieras odiado Disneylandia también; me alegro de que no fuéramos, tú habrías vuelto a la lista de morosos y yo no me acordaría de nada, porque nunca recuerdo lo bueno, solo lo traumático.»
Era una historia para el taller de Jorge donde recordaba el momento en el que le escribí una carta a Goofy y mi madre me dijo que si la dejaba en el buzón de casa le llegaría a él en persona. La carta no llevaba ni sello ni nada y Goofy, evidentemente, no existía. O sí, pero no como yo me lo imaginaba. Esa frase final me quedó un poco tremenda, no considero que en ese caso lo traumático fuese necesariamente malo. Creo que lo que quería transmitir era que algo que consideré malo en su momento me había marcado de una forma positiva. La mentira me hizo estar más cerca de mi madre cuando tuve la edad suficiente para darme cuenta de que las cartas necesitan direcciones, sellos y buzones. Los malos regalos también contribuyeron a fortalecer nuestro vínculo.
Tenía cinco años, quizá menos, y mi madre decidió regalarme un neceser lleno de maquillaje por Navidad. Lo había comprado en la Pepi, una tienda de todo a cien que había al lado de casa –la tienda luego se convertiría en el locutorio donde me enganché a Habbo Hotel–, y yo me quise morir de la pena. A mi prima Irene le habían regalado un Furby directo de El Corte Inglés y yo necesitaba ese bicho con toda mi alma.1 Aun así, hice ver que aquello era perfecto, me maquillé por primera vez y empecé a utilizar los pintauñas y los pintalabios como si fueran muñecos. Las Navidades siguientes fueron mejores creo, pero no recuerdo exactamente qué me regaló, solo que ya no me daba vergüenza llevar mis regalos al colegio. Del neceser, en cambio, me acuerdo cada día y eso me ha hecho llegar a la conclusión de que no hay nada como un «mal regalo» de parte de alguien a quien quieres muchísimo. ¿Unos pendientes de serpiente? Me los voy a poner siempre que nos veamos. ¿Un jersey recogido de la basura que piensas que es de mi estilo? Lo voy a llevar hasta en verano y lo voy a acompañar de ese fular de color amarillo pollo que te encontraste en el metro.
Esos malos regalos también fueron importantes para mi formación y posterior obsesión: si no me hacían buenos regalos, tendría que buscarlos. Así que empecé a ir a tiendas de segunda mano y a mercadillos, que eran sitios donde me podía permitir comprar según qué tipo de cosas. ¡¡¡Y el resto es historia!!! Ahora vivo rodeada de muñecos que van brotando por aquí y por allá. Siento que les conozco y que me protegen y me inspiran. ¿Lo último que me he comprado? Te lo digo ahora mismo: un sacapuntas sin sacapuntas y unas siamesas de celuloide japonés altamente inflamable.2 Primero compré el sacapuntas, dejé a las siamesas (aunque les dije que volvería a por ellas) y tres días después cumplí mi promesa. Cuando el hombre las sacó de la vitrina, se le cayó la cabeza a una de ellas y ese momento precioso hizo que rebajara 5 euros el precio final. Lo percibí como un regalo, un «como has vuelto, vamos a hacer que a una de nosotras se le caiga la cabeza para que el tío este te haga una rebaja».

También tuve un momento bonito relacionado con las cosas el pasado fin de semana. Si leíste este Substack –el que me dio por publicar un día antes del inicio del puente de mayo–, sabrás que estuve en el Gutter Fest vendiendo mi último fanzine (que algo tiene que ver con las cosas de segunda mano). Allí conocí a la ilustradora Raisa Álava, que nos regaló a mi amigo Andrés y a mí unos muñequitos que había comprado en México. Nos dijo que nos ayudarían a vender más y Andrés le contestó: «ojo, que nosotros creemos en estas cosas». Y los colocamos entre su mesa y la mía. Ayudaron tanto que pude comprar a las siamesas y pagar a los de la imprenta donde había hecho el fanzine. Así que gracias al Set figuras doctores 6 piezas escala 1:50 y a mi madre por el neceser de la Pepi.
Siempre tuya y de la siguiente cosa que compre,
Alba G. Mora.
Luego el Furby resultó ser un chasco también porque no era el robot que nos imaginábamos y porque apestaba a papel de plata.
Dejaron de fabricarlos por eso y porque había peligro de combustión espontánea. ¡Antes todo era más divertido!



