El amor de los enemigos
Me gusta San Valentín porque me gusta ver cómo se representa el amor en los escaparates de negocios que normalmente no asociamos con el amor (clínicas dentales, ferreterías, farmacias). Aun así, las historias de amor convencionales no son lo mío, las encuentro previsibles y me aburren de una forma que me es difícil de explicar. Por el contrario, me chiflan las historias de amor entre enemigos. Y no me refiero a los «enemies to lovers» (eso también me aburre mazo, perdón), si no a aquellas historias en las que los enemigos son enemigos y punto. Porque no hay nada más interesante que el compromiso de odiar a alguien hasta el fin del mundo, los breves destellos de complicidad entre enemigos, conocerse a uno mismo a través del enemigo, lo tranquilizador que es saber que la traición es algo que se espera dentro de los parámetros de la relación, no se rompe la confianza porque nunca la hubo. ¡Las relaciones de amor se acaban, pero los enemigos son para siempre!
Es algo a lo que le suelo dar vueltas, y más desde que vi Ricochet (1991) de Russell Mulcahy, una peli donde John Lithgow vuelve a interpretar a un asesino (Earl Talbot) obsesionado con Nick Styles (Denzel Washington), el policía que le metió en la cárcel al inicio de su carrera criminal. Encerrado, Talbot jura vengarse y pasa el rato pensando en Styles, empapelando su celda con fotografías de él y recortes de prensa en los que se hablan de sus triunfos. Styles se ha casado, ha tenido dos hijas y no paran de ascenderle. Talbot por su parte se ha hecho un pendiente y no para de fotocopiar fotos de Styles. Mientras la vida ahí fuera sigue (impulsada por el amor), en la cárcel el tiempo se ha detenido (¡así es el odio!). Al final, Talbot consigue escaparse de la cárcel, secuestra a Styles y por fin lo tiene a dos palmos de su cara. De hecho, esa es la escena clave de la historia –por si no te habías dado cuenta ya es la peli más gay del mundo–, cuando Talbot le dice a Styles: «es la primera vez que nos tocamos». Luego continúan siendo enemigos mortales y Styles mata a Talbot con la ayuda de Ice-T.
Yo también tuve mi momento Talbot-Styles. Empezó en sexto de primaria, cuando una compañera de clase no me invitó a su fiesta de cumpleaños. Estuve siglos pensando en ella, en los motivos que la habrían llevado a no invitarme, cultivando mi odio, buscándola en cuanto me abrí Facebook por primera vez, alegrándome cuando vi que se había cortado el flequillo y le quedaba fatal. Si me la cruzaba por la calle, me ponía de los nervios, cambiaba de acera o bajaba la mirada. Si conseguía algo que para mí era importante –como una plaza en el Grado Medio de Laboratorio de Imagen– pensaba, ¿sabrá Gemma que estoy a punto de ser… fotógrafa? Le dediqué más tiempo a ella que a mis novios de la época, para mí su validación habría sido más importante que la de mis amigas (de hecho, recordaba sus apellidos y no los de aquellas que sí habían sido mis amigas durante la primaria y secundaria). Así que terminé enviándole una solicitud de amistad durante la clase de Formación y Orientación Laboral (FOL). Pero nunca la aceptó. Eso sí que nos hacía enemigas oficiales y,1 aunque ella no lo supiera, para mí estábamos unidas por algo más fuerte que la amistad (que tampoco me ha interesado nunca).
Y hablando de fanzine, el mío ya se está imprimiendo y es posible que tenga copias antes de que termine la semana. Si queda bien –si no el hombre de la imprenta tendrá a una enemiga de por vida–, lo pondré a la venta en mi Bigcartel en los próximos días. ¡Pronto más detalles y anécdotas vergonzosas!
Siempre tuya,
Alba G. Mora.
Cuanto más chorra sea el enemigo, más confuso y divertido.



