El algoritmo de los amigos
En 2019 vi muy pocas películas. Recuerdo ese año como si hubiera estado 365 días con la cabeza metida en un barreño lleno de agua tibia. Y en parte fue así porque estaba inmersa en una relación en la que la persona que tenía al lado se encargó de «desprogramarme» desde el principio, riéndose de mis gustos, poniéndolos en duda. La situación llegó a tal extremo que era incapaz de ver algo que no tuviera su visto bueno, prefería no «arriesgarme» para que no me humillara más. Cuando conseguí salir de ahí y volver a casa de mi madre (gracias a una conversación con mi amiga María, a la que siempre estaré agradecida por ello, y en mitad de la pandemia), me refugié en mi cuarto de la infancia y vi una peli y un documental: La muerte de Luis XIV de Albert Serra y Ex Libris de mi amigo Frederick Wiseman. En total, unas cinco horas y veinte minutos de imágenes non stop. No recuerdo qué me llevó a ponerme esas dos películas en concreto, lo más probable es que me dejara llevar por otro ente peligroso, el algoritmo de la plataforma en la que estaban en ese momento (una en la que tienen copias horribles de las pelis y subtítulos generados con IA o traducción automática),1 y la necesidad de recuperar el tiempo perdido. A salvo, retomé el hábito de ver, o intentar ver, una película al día porque es lo que más me gusta en el mundo.

Lo mío con las películas empezó, de forma más activa, en 2007, cuando tenía 15 años. Una de las primeras veces que fui a Barcelona lo hice para ver (sola)… Sweeney Todd en versión original en los cines Verdi. Fui el 15 de febrero y repetí el 17, en las dos ocasiones a las cuatro de la tarde. Días después vi (sola otra vez) en el centro comercial de La Farga de L’Hospitalet de Llobregat, No Country for Old Men, There Will Be Blood (escogí el mejor año para engancharme a esto) y The Happening. Me compraba la Cinemanía y la Fotogramas, me fiaba de las críticas, de los tíos y de Filmaffinity. También me compraba deuvedés siempre que podía y si no conseguía descargarme una película, se la pedía a Antonio, mi profesor de matemáticas, que al día siguiente me las traía grabadas en cedés como si le hubiera pedido un riñón sano o una transfusión de sangre urgente. Fueron años fascinantes de descubrimiento, tenía la sensación de que las películas no se me iban a acabar nunca, de que cada día podía ver un clásico o una de culto y, a lo mejor, la que sería mi película favorita de todos los tiempos (al menos durante esa tarde). El camino hasta decidir qué película ver era igual de fascinante y bonito, porque me podía tirar toda una tarde leyendo blogs, estudiando carteleras y filmografías hasta que finalmente decidía cuál sería la afortunada. El algoritmo no existía y tampoco las plataformas en las que el mensaje parece ser «lo tenemos todo y si no está aquí, simplemente no existe». En esos años todavía no se había creado Letterboxd.
Me propuse escribir esto de vuelta del trabajo, en el autobús, donde me entretuve mirando la puntuación, en Google, de las tiendas que hay cerca de mi casa. La panadería de la esquina tiene un 3,4, el bar en el que se celebran timbas ilegales de dominó, un 3,8, y el estudio de tatuajes de diseño limpio, neutro y aséptico, un 5, la puntuación máxima. Está claro que las puntuaciones condicionan a los que las consultan, porque si no, hace unas semanas, el chico que me atendió en una zapatería no me habría pedido, por favor, que le dejara una reseña positiva.2 Aun así, todas las veces que he ido al bar y a la panadería sin tener en cuenta las puntuaciones, tampoco las reseñas, siempre ha sido una experiencia de 5. (Del sitio de tatuajes no puedo opinar porque llevo años queriendo borrarme los míos.) Y eso me lleva directa a Letterboxd, donde las reseñas, las puntuaciones y los likes de las personas a las que seguimos pueden condicionar que veamos una cosa u otra. Al final, ver una película, parece un milagro si tenemos en cuenta todos los filtros y barreras que tenemos que superar antes de ponernos a ello: primero el filtro del algoritmo, de las plataformas, después el filtro de la gente conocida o desconocida. A veces, según qué tipo de situaciones me han llevado a pensar en ese novio abusivo que imponía un gusto y una agenda, también en un culto donde todo el mundo piensa lo mismo, ve lo mismo, y espera que tú también pienses y veas lo mismo que ellos. Por eso, de un tiempo a esta parte, intento no consultar reseñas en Letterboxd antes de ver una película, tampoco dejarme llevar por las opiniones, negativas o positivas, de las personas a las que sigo. Intento que la experiencia esté lo menos condicionada y mediada posible por el algoritmo y por las redes sociales.
Pero si tiene que estar mediada, entonces que lo esté porque un amigo me ha escrito para decirme que vea esto o aquello, que le ha recordado a mí. O porque una tarde hemos decidido juntarnos varios para ver algo que otro ha propuesto,3 o porque mi novio ha entrado en un rabbit hole que le ha llevado a descubrir una película que dirigió a finales de los setenta el dueño de dos bares de la zona alta de Barcelona. En definitiva quiero y necesito tener la sensación, aunque a veces sea un espejismo, de que tengo el control de lo que veo, de que estoy viendo lo que quiero ver, tanto si termina gustándome, como si no, tanto si un tío opina que es una mierda, como si no.4
Abrazos, todo irá bien,
Alba G. Mora
Filmin.
«¡Genial! ¡Samuel me ayudó muchísimo y fue muy amable!»
El viernes iré a casa de mi amigo David a ver Year of the Dragon de Michael Cimino. David lleva meses organizando en su casa lo que él llama las Tutuki Movie Nights, donde pone pelis de todo tipo (hace unas semanas proyectó [tiene un proyector] Popeye de Robert Altman o Carretera perdida de David Lynch).
Volveré a todo este asunto más adelante porque me he dejado muchas cosas en el tintero y porque es un tema, el del algoritmo, las opiniones y los opinadores, que me obsesiona.




