De mudanzas
Creo que ya lo he escrito alguna vez, pero cuando voy a mercadillos de cosas de segunda mano se me rompe el corazón al ver la casa de alguien ahí puesta. En el Mercat dels Encants, imagino que pasa lo mismo en otros, es superevidente porque recrean la casa. Ponen la alfombra en el suelo, un sillón a cada lado, la mesa de café en el centro y el resto de pertenencias, en el mejor de los casos, desperdigadas en estanterías o en librerías de la persona muerta. La semana pasada hubo varios lotes de gente que ha muerto y que coleccionaba parafernalia militar y nazi. Porque las muertes de gente afín van por oleadas parece ser. En plan que una semana había muchísimos payasos de porcelana en diferentes puestos, otra semana muchísimos cuadros y libros de cocina y, esta pasada, esvásticas. Ojalá las personas que murieron y compartían gustos, se hayan conocido en vida (los nazis fijo que sí porque los cabrones están hiperconectados, ya sabes).

Cuando fui a Nueva York en agosto, puse todo mi empeño en buscar tiendas de segunda mano. La mejor a la que entré, curiosamente, se llamaba THE THING, en Greenpoint. Tenían un montón de VHS y cajas y cajas de cosas de los vecinos de la zona que se iban muriendo. (Me pregunto si antes de morir pasaban por la tienda y pensaban en que sus cosas terminarían ahí.) Entre un montón de puro polvo encontré el anuario de la clase de marzo del 78 de la Simmons School of Mortuary Science, que sigue en activo y ofrece cursos para gente que quiera trabajar en la industria funeraria. Me pareció irónico que algo así estuviera en un sitio al que iban a parar las pertenencias de los muertos y lo compré. Dentro habían fotos de los alumnos, profesores y de varias empresas que daban la enhorabuena a los nuevos graduados mediante anuncios publicitarios. Un documento maravilloso en el que perderse y que me hizo pensar sobre, no hacia dónde vamos, sino sobre hacia dónde van nuestras cosas. Por lo que a mí respecta, siempre me ha obsesionado más esto último. Porque me da igual dónde termine yo, pero ¿qué será de mis cosas? ¿Qué será de las cosas de otros que colecciono? Y también, ¿qué será de los lugares en los que he habitado?
Hace menos de un mes, después de las vacaciones de verano, nos anunciaron a mi compañera Julia y a mí que teníamos que irnos de la oficina en la que hemos trabajado juntas durante ocho años. El cambio era a peor, a unas oficinas que parecen las de un banco antes de que hicieran todo eso de las mesas altas y los desayunos con tu asesor (no es que ahora sean mucho mejor, obviamente). Unas oficinas con moqueta, mesas de color crema y cocina estrecha en la que hacerte un café con una máquina Nespresso con cápsulas falsas de Nespresso. Soy consciente de que no es tan horrible comparado con otros lugares de trabajo, y sé de lo que hablo, pero es que la oficina que nos han hecho dejar tenía un pequeño jardín con un naranjo que daba, cada dos inviernos, una media de tres kilos de naranjas buenísimas. Debajo de ese árbol Julia me hizo una entrevista de trabajo y cuando empecé a currar días después, hice mis primeras fotos a libros en ese mismo lugar lleno de mosquitos salvajes y de palomas hambrientas.
El espacio había sido un estudio de pintura y también una guardería. Siempre hemos estado seguras de que había fantasmas y cuando vinieron unas señoras muy amables un día para decirnos que habían trabajado en la guardería, yo tuve claro enseguida que eran los fantasmas de los que hablábamos cada semana. Las despedí y cerré el portón superfuerte. Hoy he entregado mi llave, que también era de peli de terror, alargada como una navajita de mano. Me da rabia sentir esta pena por un espacio en el que he estado más tiempo que en mi casa, y quizá precisamente sea por eso. Es curioso también que la mudanza, que mi adiós a una etapa en la que he crecido de muchas formas, coincida con la publicación de una novela, la mía, en la que se habla un poco de todo lo que dejamos atrás cuando morimos. En la oficina se han quedado fotografías de gente a la que nunca conocí, un sofá, estufas, enchufes antimosquitos y mi mesa de trabajo. En el suelo de parquet hay marcas de las sillas de escritorio, de mis pies y de los de Julia. Dudo que algún día sea propietaria de algo, pero en esa oficina he dejado mucho de mí y estoy muy triste. Llegó a gustarme tanto el sitio que cuando tuve que mudarme de mi piso de verdad, busqué por la zona en la que estaba la oficina. Pero era carísimo. Me entretuve también mirando pisos en venta y vi uno en el que aseguraban que la dueña se iba a morir en cualquier momento y solo había que tener paciencia. Hace un rato, cuando he ido por última vez a la oficina de Correos que teníamos al lado del curro, he pasado por el edificio de la supuesta moribunda. En la puerta, una señora mayorcísima arrastraba una botella de Coca-Cola Zero Zero de dos litros y me he preguntado si sería ella. He decidido que sí y me he puesto contenta viendo que una de las dos sigue ahí, resistiendo. Ayer de camino a casa con toda la tristeza vi abierta una carnicería que llevaba siglos cerrada. Estaba vacía, con todo patas arriba, pero había señoras dentro con carritos de la compra. Esta mañana mi compañera Julia y yo hemos trabajado en la oficina vacía, a la espera de que se llevaran las últimas cajas. Todas somos el fantasma de algún sitio.
Por cierto, el anuario del que te hablaba era de una tal Esther Wooten. Encontré su obituario online y alguien había dejado un comentario en él: «Una compañera de trabajo maravillosa en la fábrica de minivans de Chrysler. Descanse en paz.»
Nos vemos pronto,1
Alba G. Mora.
De hecho, podemos vernos el próximo 8 de octubre en L’Hospitalet de Llobregat, en el Espai Llavors, donde celebraré mi cumpleaños (rara vez pasa esto) y presentaré Cosita, mi primera novela (primera vez que pasa). Me acompañará mi amigo Andrés Magán, persona que me acompañó muchísimo durante el proceso de escritura del libro. Con él hablaré sobre creación, inspiración y todo lo que hay detrás de un libro como este.




