Como en un videojuego
Hoy me siento un poco Flora,1 el disco de Hiroshu Yoshimura: optimista, contenta, remasterizada, agradecida (es viernes).2 Camino por mi barrio gentrificado y, como me acaban de ingresar la nómina, entro en la primera cafetería que veo. Me cobran 3 € por el café y después de preguntarme por mi signo, pegan una pegatina en la que pone «Libra» en el vaso de cartón. He sido incapaz de mentir. Intento seguir sintiéndome Flora, paseo por las calles en las que da el sol, sonrío a una niña sin querer y evito mirar el interior de las tiendas que sé que están vacías. Llego al Mercat dels Encants, donde encuentro cosas de segunda mano increíbles. Pero también tristes: el estudio de pintura de alguien, la habitación de adolescencia de un tal Xavi al que le gustaba Valentino Rossi, Camela y los monos. Compro unos prismáticos, dos llaveros, una pintura pequeña en la que pone Bon Nadal (‘Feliz Navidad’), lápices de colores y papel estampado con sobres para escribir cartas. Ahora hace un poco de fresco, pero la temperatura sigue siendo agradable. Noto el efecto del café y eso me empuja a comprar una mochila que no es muy de mi estilo (tengo que dejar de comprar cosas baratas simplemente por que lo sean). Con las manos sucias de tanto rebuscar en el stock sobrante de tiendas que ya han cerrado, sujeto las bolsas llenas de cosas que ahora tendrán que hacerse un hueco en mi casa. Son las 19h, todavía no ha cambiado la hora pero sigue haciendo sol y me siento en un banco. Pasan unos críos y me llaman «jamba», me pongo contenta y pienso en el instituto y en mi madre. Me levanto y, como todavía no me apetece volver a casa, voy por calles al azar. No sé si sigue siendo el café –a lo mejor sí que valía esos 3 €– o la nómina, pero estoy de muy buen humor y me siento libre. Saco el móvil y busco una foto que le hice al fanzine de Emma Roulette. Lo leí la semana pasada y en él, a modo de diario, Emma cuenta su viaje en bici desde Barcelona hasta Angoulême, donde iba a hacer una residencia. Es precioso y consigue describir, en pocas líneas, lo que siento ahora mismo: una libertad parecida a la de estar en un videojuego de mundo abierto. Pasa una mujer y llama «cabrón» a su perro. A todos nos llaman algo hoy.

También pienso en el privilegio de sentirse libre y de hacer lo que a una le venga en gana. Sigo estirando el sentimiento y me compro unas patatas fritas. Llego a casa, escribo y me pongo Jade, una película de William Friedkin que termina gustándome un montón. Busco en eBay el VHS de la peli y me da un stendhalazo. Decido no comprarlo y en mi cabeza llego a la conclusión de que eso también es libertad. Antes de quedarme dormida, pienso en la novela, en cómo las cosas que he visto hoy pueden nutrirla de alguna forma y en lo liberada que me voy a sentir cuando por fin se publique.
Al día siguiente, me levanto y veo el set de cartas que compré encima de la mesa. Anoche me daba vibras espeluznantes, pero con la luz del sol, ya no tanto. En un primer borrador de esto, proponía escribir cartas a aquellas personas que quisieran recibir una desde Berlín. Hoy no me parece tan buenísima idea, creo que prefiero pasear.
Y una nota breve antes de despedirme: como aprovecho los fines de semana para escribir y este fin de semana estaré en Berlín, es probable que la semana que viene no recibas noticias mías. Aun así, estaré de cuerpo presente en mi web, donde subo, casi a diario, fotos, capturas de pantalla y recomendaciones de todo lo que va cayendo en mis manos y me gusta.
Stay safe,
Alba G. Mora.
Sobre todo el tema «Maple Syrup Factory».
Escribo esto el 28 de marzo, así que cuando recibas esto el cambio de hora ya se habrá producido, ¡atención!




